"Tenerife a la deriva" por Oscar Izquierdo, presidente de FEPECO

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Publicado; 22 Septiembre 2020 A las; 14:29

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Cambian los tiempos, incluso hay nuevos gobernantes, pero la realidad es tozuda, sobre todo, cuando no se arranca y se mantiene la indolencia. Tenerife sufre desde hace décadas un retroceso significativo, no sólo económico, también social, de prestigio y especialmente de autoestima. No podemos olvidar a esa isla colapsada, atascada e inmovilizada que sufríamos diariamente, donde perdíamos muchas horas laborales o personales, aumentando los niveles de enfado, proporcionalmente al tiempo perdido. Ahora hay una descongestión, no porque los responsables públicos hayan solucionado el problema, poco o nada han hecho, sino que la situación sanitaria provocada por el COVID-19 y sus restricciones de movilidad han vaciado nuestras carreteras. Pero sigue latente esa problemática, porque no han sido capaces, ni los que estaban, ni los que están, de poner el remedio oportuno, que es la ejecución de aquellas obras públicas, que posibiliten contar con unas infraestructuras viarias, seguras, modernas, sostenibles, que respondan a la demanda del sistema productivo y de la ciudadanía. Aquí no se hace casi nada, todo se va en prometer para un futuro que nunca llega, aplazando soluciones, aumentando los problemas y generando insatisfacción generalizada.
No hay valentía política para asumir el liderazgo de la isla, que tiene que hacerse con la toma de decisiones suficientes y con coraje, que sirvan para potenciar la actividad económica, propiciando una reactivación que posibilite el mantenimiento del empleo e incluso incrementarlo. Las infraestructuras son la base estructural de cualquier territorio, permitiéndole progresar en la medida que están a pleno funcionamiento. Aquí sucede todo lo contrario, seguimos esperando por la licitación de esas obras públicas de las que tanto oímos hablar, pero desde la que poco sabemos que se vayan a ejecutar. Cuando no existe un problema por aquí, aparece otro más allá, pero siempre la misma monserga, es decir, no se hace nada. Mientras tanto, los políticos con responsabilidades en estos ámbitos andan desaparecidos o más bien escondidos, miedosos e incomprensiblemente faltos de iniciativa. Están tan ocupados en no hacer nada, quizás porque no saben cómo gestionar la gobernanza pública, que se olvidan de que ocupar un cargo público lleva necesariamente implícito tramitar y resolver los asuntos de la responsabilidad adquirida. Por ejemplo, hace poco tiempo sufrimos un cero energético, a estas alturas, poco se sabe si se han tomado medidas para evitar otro en un futuro cercano. Todo se deja al albur de la improvisación.
Mientras tanto la isla sigue parada, en la más absoluta apatía, sin visos de acelerar su reforzamiento. Ya sabemos que la situación que padecemos es compleja, pero también es en estos momentos, cuando hay que aportar, porque lo fácil sale rápido y sólo, en cambio, lo difícil lleva trabajo, ganas y esfuerzo, exigiendo un compromiso de colaboración de todos, que hay que trabajarlo, porque no viene dado desde el cielo. Escasea la intrepidez para tomar aquellas decisiones que sirvan para levantarnos con poderío. Tenerife no tiene liderazgo alguno, no hay quien asuma esa responsabilidad, entre otras cosas, porque significaría enfrentarse a los que siempre quieren detener todo, cual noistas profesionales que, desde dentro, como quinta columna, no quieren que Tenerife progrese, sino que se quede estancada.
Cuando no hay coraje para asumir las responsabilidades del tiempo y circunstancias actuales, se produce un debilitamiento general, provocado por la incapacidad de generar sinergias positivas. Tenerife necesita inversiones, públicas y privadas, que la coloquen en el sitio que nunca debió perder en el contexto regional. Para eso, es preciso contar con responsables públicos audaces, con capacidad de sumar, que sepan simplificar la terrible burocracia paralizante y que defiendan la isla por encima de intereses particulares, ideológicos o partidistas. La pregunta que nos hacemos todos es donde están, porque ni se les ve, ni se les nota.