14/01/2026

“No hay nada peor que un político motivado”: reflexiones sobre la degradación del liderazgo público

JUAN CARLOS CABRERA LABORÝ. CEO DE LABORÝ AUDITORES Y CONSULTORES

Te puede interesar

Quiero partir de la base que generalizar sobre un colectivo no suele ser un buen argumento para discutir ninguna cuestión, no obstante, observo con gran decepción y preocupación, el escaso nivel de la mayoría de los políticos actuales en cualquier nivel de gestión, ya sea municipal, insular, regional o nacional.

Sé que tengo muchos amigos y conocidos en el mundo de la política y espero que ninguno se sienta reflejado en mis reflexiones y, por supuesto, no se ofendan, sino que traten de analizar su aportación al bienestar o no de los ciudadanos que gobiernan.

- Publicidad -

La célebre frase de Emilio Duró, “no hay nada peor que un tonto motivado”, adquiere una resonancia singular cuando observamos la deriva de la política contemporánea. De hecho, en el panorama actual, podría reformularse con precisión casi quirúrgica: “no hay nada peor que un político motivado”. Y no porque la motivación sea indeseable —toda organización pública necesita líderes con energía y vocación—, sino porque la hiperactividad sin conocimiento se ha convertido en una suerte de deporte institucional. El resultado es un ecosistema público donde la convicción sustituye al criterio, la prisa a la evidencia y la teatralidad al análisis.

La política actual se ha transformado en un escenario en el que la preparación técnica parece un accesorio opcional, algo así como un “nice to have” que solo algunos nostálgicos recuerdan. Hoy, lo esencial es la capacidad de generar titulares, dominar las coreografías de las redes sociales y exhibir entusiasmo incluso ante cuestiones cuya complejidad supera con holgura el manual básico de cualquier campo profesional mínimamente exigente. La figura del “político motivado” se ha convertido en un arquetipo: un perfil que avanza con determinación, armado no de datos, sino de intuiciones, eslóganes y un optimismo casi místico ante problemas que requerirían análisis técnico, simulaciones de escenarios y comprensión normativa.

- Publicidad -

La degradación de la competencia pública no es accidental; responde a un diseño de incentivos que premia exactamente lo contrario de la excelencia. La formación rigurosa, la especialización y la experiencia en gestión han sido progresivamente reemplazadas por cualidades más adaptadas al ecosistema mediático: la capacidad de indignarse en directo, la destreza para emitir frases contundentes sin contenido verificable y la habilidad para presentar como victoria cualquier acontecimiento, incluidos los que objetivamente constituyen retrocesos. Todo ello configura un entorno en el que la política parece más un concurso de motivación permanente que un espacio de responsabilidad institucional.

Este desplazamiento hacia la superficialidad tiene consecuencias concretas. La falta de preparación técnica no impide que un político motivado avance con determinación en la implementación de iniciativas improvisadas, cuya vida útil suele ser inversamente proporcional a la energía con la que se presentaron. Reformas diseñadas en horas, discursos construidos en minutos y decisiones presupuestarias justificadas con una convicción que haría sonrojar a cualquier analista de riesgos. La ironía es evidente: quienes menos dominio tienen sobre los mecanismos institucionales son a menudo los que exhiben mayor entusiasmo por rediseñarlos desde cero.

- Publicidad -

La motivación sin competencia se ha convertido así en un factor de riesgo institucional. Un político muy motivado —y poco formado— puede generar, sin proponérselo, un auténtico catálogo de externalidades negativas: volatilidad regulatoria, sobrecostes en el gasto público, imprevisibilidad normativa, erosión de la confianza inversora e incluso ciclos de reformas fallidas que exigen ser corregidas antes de haber sido implantadas. El entusiasmo mal dirigido tiene el efecto de un vendaval: mucho movimiento, poco progreso y un rastro de desorden que alguien tendrá que ordenar posteriormente, generalmente en silencio y sin atención mediática.

La ciudadanía observa con creciente desconcierto cómo la política se ha convertido en un espacio donde la falta de preparación no solo no penaliza, sino que incluso parece potenciarse. El mensaje implícito es curioso: cuanto menos se sepa de un tema, más libertad existe para opinar sobre él; cuanto menos se conozca un marco regulatorio, más audaces pueden ser las propuestas; cuanto mayor sea la distancia con el análisis técnico, más contundente se vuelve la retórica. Este fenómeno genera una paradoja: se exige a las empresas, a los profesionales y a los técnicos niveles de competencia elevados, certificaciones, cumplimiento normativo estricto y análisis rigurosos, mientras que la política, responsable de definir las reglas de juego, parece operar bajo estándares muy inferiores.

La advertencia de Duró no es una frase graciosa: es un reflejo de un problema estructural. Un político motivado pero insuficientemente preparado no es simplemente un actor ineficaz; es un generador de riesgo sistémico. El entusiasmo desinformado produce ineficiencia, volatilidad y desgaste institucional. Y, paradójicamente, cuanto peores son los resultados, mayor suele ser la motivación para continuar con la misma estrategia, convencido de que el problema no es la falta de preparación, sino la falta de “más motivación”.

La reconstrucción de la calidad política exige revertir la glorificación de la ignorancia motivada. Se requiere profesionalización, estándares de acceso, formación rigurosa, evaluación objetiva del desempeño y una cultura donde el conocimiento vuelva a ser un activo y no un estorbo. De lo contrario, seguiremos atrapados en un ecosistema donde el entusiasmo sustituye al análisis y donde la política se convierte, cada día más, en una demostración empírica de que, en efecto, no hay nada peor que un político motivado.

- Advertisement -

Más noticias

Más noticias