20/02/2026

La comunicación que falla justo cuando más importa
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AIRAM ABELLA. CEO DE UEBOS COMUNICACIÓN

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Muchas empresas comunican bien cuando todo va bien. El problema aparece cuando hay que responder, explicar, asumir o sostener. Cuando ya no hay guion, cuando el contexto se complica o cuando alguien, al otro lado, necesita algo más que un mensaje bonito. Ahí es donde la comunicación deja de ser escaparate y se convierte en responsabilidad. Y ahí, también, es donde se nota quién ha trabajado de verdad su manera de comunicar… y quién solo la ha maquillado. Porque comunicar no es lucirse. Es dar la cara.

Durante años hemos asociado comunicar bien con hablar bien. Con tener un buen tono, un relato cuidado, una presencia constante y coherente en los canales visibles. Campañas bien producidas, mensajes alineados con valores, contenidos que funcionan en redes. Todo eso importa, claro que importa. Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿qué pasa cuando el relato se enfrenta a la realidad?

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La verdadera prueba de un relato no llega cuando todo fluye, sino cuando se enfrenta a la realidad. Cuando hay un retraso que explicar, cuando algo falla y el cliente se enfada, cuando el equipo no tiene una respuesta clara o cuando toca decir “no”. Es en esos momentos, incómodos y poco fotogénicos, cuando la comunicación deja de ser discurso y se convierte en decisión. Y es ahí donde muchas narrativas, aparentemente sólidas, se vienen abajo. No porque estén mal construidas, sino porque nunca fueron pensadas para resistir la fricción de lo real.

La incoherencia silenciosa que erosiona la confianza

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Es una escena habitual y, por eso mismo, peligrosa: marcas con discursos cuidados, valores bien redactados y mensajes inspiradores hacia fuera, pero con procesos desordenados, respuestas lentas o silencios incómodos hacia dentro. Empresas que hablan de cercanía, pero tardan días en responder un correo sencillo. Organizaciones que presumen de transparencia, pero se enredan cuando toca explicar una decisión.

Ocurre también en muchas instituciones: comunican grandes mensajes, campañas ambiciosas y relatos bien construidos, pero se vuelven opacas en lo pequeño. No suele ser una cuestión de mala fe ni de intención deliberada. En la mayoría de los casos es algo más simple, y más peligroso: comodidad. La comunicación visible se cuida porque se ve, porque se mide y porque se exhibe. La invisible, en cambio, se descuida porque no luce. Y, sin embargo, es precisamente ahí, en esos gestos cotidianos que no salen en ninguna campaña, donde la confianza se construye… o se rompe.

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La comunicación de verdad no ocurre en el post ni en la campaña, sino cuando algo se sale del plan. Cuando ya no hay plantilla que copiar ni tono corporativo que aplicar. Aparece en la excepción, en esos momentos en los que hay que asumir un error sin maquillarlo, gestionar una expectativa mal creada, aceptar que no existe una respuesta rápida ni cómoda o, simplemente, escuchar antes de hablar. Es ahí donde la comunicación deja de ser un ejercicio estético y se convierte en una prueba de coherencia.

En esos momentos, la comunicación deja de ser una herramienta de marketing y se convierte en una prueba de coherencia. Y es incómodo admitirlo, pero muchas organizaciones desaparecen justo ahí. No porque no sepan comunicar, sino porque no han decidido cómo hacerlo cuando la situación se complica.

La comunicación que sostiene

Hay una parte enorme del trabajo comunicativo que no se publica nunca. No se mide en likes ni aparece en informes, y aun así es la más decisiva. Se manifiesta en cómo se responde a una queja, en la manera de explicar un retraso, en la gestión de una reseña negativa o en el acompañamiento a un cliente cuando algo no sale como esperaba. También está presente en la forma de decir “no” sin romper la relación. Eso también es comunicación. Y, en muchos casos, es la única que el cliente recuerda.

Durante años, la mala comunicación se justificó por falta de medios, de tiempo o de recursos. Hoy esa excusa ya no se sostiene. La tecnología y especialmente la inteligencia artificial, ha democratizado la velocidad, la automatización y la capacidad de respuesta. Hoy es posible responder rápido, ordenar información, anticipar escenarios y personalizar mensajes con una facilidad impensable hace solo unos años. Si, aún así, se responde mal, el problema ya no es técnico. Es un problema de intención.

La tecnología no está empeorando la comunicación; está amplificando nuestras incoherencias. Está dejando al descubierto cuándo usamos herramientas para mejorar la experiencia… y cuándo las usamos para evitar conversaciones incómodas.

Cuando la tecnología se usa como escudo

Las respuestas automáticas, los mensajes genéricos y los procesos mal diseñados no solo ahorran tiempo. También envían un mensaje muy claro: “no tengo tiempo para ti”. Y eso, aunque no se diga explícitamente, se percibe. La automatización mal entendida no deshumaniza por usar tecnología, sino por usarla como escudo.

La pregunta no es si automatizar o no, sino qué automatizar y qué no. Porque hay momentos en los que una respuesta humana, aunque tarde un poco más, vale mucho más que cualquier eficiencia.

Los silencios pesan, las respuestas vagas desgastan y los “ya te digo algo” erosionan la confianza mucho más de lo que solemos admitir. No generan crisis virales ni titulares escandalosos, pero sí un desgaste silencioso y constante. La reputación rara vez se rompe de golpe; se va agotando poco a poco, interacción a interacción, detalle a detalle. Y lo más peligroso es que ese desgaste no siempre se mide, pero siempre se percibe.

Cuando la comunicación invisible falla, no es un problema del departamento de comunicación. Es mucho más profundo. Es un problema de prioridades,
de cultura organizativa y, sobre todo, de liderazgo. Porque ninguna estrategia aguanta cuando lo que se dice hacia fuera no coincide con lo que se decide y se hace hacia dentro.

Comunicar bien no es publicar bonito ni tener un calendario lleno. Es decidir cómo se responde cuando hay un conflicto, qué se promete y qué no, qué se asume públicamente y qué se evita. Es definir límites, criterios y valores que sirvan de guía cuando no hay un manual, cuando nadie está mirando y cuando toca elegir entre lo fácil y lo correcto.

La comunicación real ocurre en esos momentos invisibles: en una respuesta incómoda, en un silencio bien gestionado, en una decisión coherente aunque no sea popular. Y eso no se puede externalizar, ni automatizar, ni delegar en una herramienta.

Menos escaparate, más coherencia

A partir de ahora, la diferencia no la marcará quién tenga el mejor discurso, sino quién sepa sostener mejor sus silencios, sus respuestas y sus errores. Quien entienda que comunicar no es impresionar, sino acompañar; no es captar atención, sino construir relaciones que resistan cuando las cosas no salen perfectas. La comunicación que no se ve no suele ganar premios ni likes, pero es la que convierte una marca en algo fiable. Y eso, en un contexto cada vez más automatizado y homogéneo, no solo importa: lo cambia todo.

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