Durante años hemos mirado a la juventud con una mezcla de ternura y sospecha, como si su lenguaje fuese siempre superficial, como si sus códigos culturales fuesen ruido y no mensaje. Sin embargo, a veces la historia avanza sin pedir permiso y se cuela por donde menos lo esperamos, incluso por una canción. La última de Quevedo, Ni borracho, no es solo un éxito musical, no es únicamente un tema que se escucha en coches o discotecas; es, sin pretenderlo, un puente. Y quizá por eso incomoda a algunos. Porque une. Y cuando algo une en una tierra acostumbrada a pequeñas grietas históricas, genera un silencio incómodo que merece reflexión.
Quienes crecimos escuchando consignas políticas de “Tenerife nos roba” o “Gran Canaria se queda con todo” sabemos que esas frases no eran inocentes. Formaron parte de una narrativa que dividió identidades y que, aunque hoy suene anacrónica, dejó cicatrices emocionales en generaciones enteras. Lo paradójico es que mientras algunos adultos siguen sosteniendo esos ecos del pasado, la juventud canaria ha decidido avanzar sin ellos. No desde el enfrentamiento, sino desde la normalidad de sentirse parte de un todo. Ocho islas, una conversación común. Ocho acentos, una misma música de fondo.
Resulta curioso que la lección llegue envuelta en ritmos urbanos y letras que muchos catalogarían como triviales. Pero la cultura popular siempre ha sido el termómetro social más honesto. Las fiestas, las verbenas, las romerías, las canciones que se cantan sin pensar demasiado, todo eso también es identidad. Negarlo sería negar la raíz. Y hoy, gracias a esa juventud que baila, canta y comparte sin preguntarse de qué isla viene el de al lado, Canarias suena más unida de lo que ha sonado en décadas. Nos guste o no admitirlo, están construyendo un relato más integrador que el que muchas veces construimos los adultos con discursos solemnes y banderas invisibles.
Canarias no es solo paisaje, aunque lo sea de forma deslumbrante. No es solo gastronomía, aunque cada plato cuente siglos de historia. No es únicamente turismo, aunque el mundo nos mire por eso. Canarias es posición tricontinental, es mestizaje, es carácter emprendedor, es resiliencia volcánica y es también una manera particular de entender la vida con cercanía y empatía. Y cuando un artista nacido aquí logra que millones de personas pronuncien el nombre de nuestras islas sin necesidad de folletos institucionales, está haciendo más por la proyección internacional que muchos planes estratégicos cuidadosamente redactados.
Tal vez por eso a los mayores nos toca ahora un Quevedazo. No en el sentido musical, sino en el simbólico. Nos toca escuchar sin prejuicios, entender que la cultura evoluciona y que la identidad no se pierde por modernizarse, se pierde por encerrarse. Nos toca asumir que el futuro de Canarias en un mundo global no se garantiza compitiendo entre islas, sino compitiendo como archipiélago. Porque mientras discutimos entre nosotros, el mundo avanza a una velocidad que no espera a quien duda demasiado.
Durante demasiado tiempo le dijimos a nuestra juventud que crecer era irse. Que el éxito estaba fuera, que aquí no había espacio suficiente, que el talento debía emigrar para florecer. Y lo hicieron. Se fueron con valentía, con maletas cargadas de ilusión y, en muchos casos, con una tristeza silenciosa. Hoy tenemos canarios brillando por todo el planeta, demostrando que la semilla siempre fue buena. Lo que quizá nos faltó fue el terreno fértil. Por eso este momento es clave. No para reprochar, sino para rectificar. Crecer ya no puede significar marcharse obligatoriamente; crecer debe significar también tener la opción real de quedarse y construir.
La juventud canaria no solo está hablando de fiesta, está hablando de pertenencia sin discursos grandilocuentes. Está diciendo, con naturalidad, que se puede triunfar desde aquí y hacia el mundo. Que no hace falta renunciar a la tierra para abrazar la ambición. Y esa es una lección que no deberíamos minimizar. Porque cuando una generación deja de verse obligada a elegir entre identidad y futuro, empieza a crear algo mucho más poderoso que un éxito musical: empieza a crear proyecto colectivo.
Quizá el verdadero mensaje no esté en la canción, sino en lo que provoca. En esa sensación compartida de orgullo tranquilo, en esa normalización de decir “soy canario” sin necesidad de añadir explicaciones. A los mayores nos toca entender que la unidad no es uniformidad, que la diversidad de nuestras islas es riqueza y no competencia, y que el talento joven no necesita tutela constante, sino confianza y oportunidades reales. Si logramos eso, no solo estaremos escuchando una canción; estaremos afinando, por fin, una misma melodía como pueblo.










