Septiembre no tiene la culpa
Hay meses que pasan discretamente por el calendario y otros a los que les hemos asignado responsabilidades. A septiembre le ha tocado una de las peores: arreglarnos la vida. Septiembre tiene una fama que no se merece. Le hemos encargado la incómoda tarea de arreglar en treinta días todo aquello que no conseguimos ordenar durante los otros once meses. Hay que volver. Pero, sobre todo, hay que volver bien. Con energía, objetivos, agenda nueva y alguna determinación razonablemente ambiciosa. Septiembre es enero sin uvas, pero con bastante más presión. Toca apuntarse al gimnasio, comer mejor, organizar la casa, recuperar rutinas, dormir ocho horas, leer más, mirar menos el móvil, ahorrar, pasar tiempo de calidad con los hijos y, a ser posible, regresar al trabajo con entusiasmo. Todo ello después de unas vacaciones de las que también se suponía que debíamos volver descansados, felices y con fotografías suficientes para demostrarlo.
No está mal para un solo mes.
Hemos convertido la vida en una especie de empresa sometida a una auditoría permanente. Medimos pasos, horas de sueño, calorías, productividad, tiempo de pantalla, kilómetros recorridos y hasta minutos de concentración. Si descansamos, queremos descansar mejor. Si hacemos deporte, necesitamos conocer el rendimiento. Si viajamos, hay que aprovechar el destino. Si tenemos una tarde libre, buscamos inmediatamente qué hacer con ella. Hasta perder el tiempo empieza a parecernos una pérdida de tiempo.
Y naturalmente esa lógica no se queda en casa. También regresa a las oficinas.
Septiembre trae presupuestos, previsiones, cierres de ejercicio que empiezan a asomar, reuniones que llevaban semanas esperando y correos que reaparecen con la temida frase «a la vuelta lo vemos». Las empresas vuelven a hablar de objetivos, crecimiento, eficiencia y último trimestre. Los autónomos hacen cuentas. Las familias también. Porque mientras nosotros diseñamos nuestra mejor versión, la economía sigue teniendo la desagradable costumbre de enviar facturas.
Vuelve el colegio, vuelven actividades, desplazamientos y horarios imposibles. Vuelven las cuotas, los recibos y una cesta de la compra que no entiende demasiado de propósitos personales. Y para miles de pequeños negocios septiembre no representa ninguna renovación espiritual: significa comprobar si después del verano salen los números.
Hay algo profundamente revelador en esa distancia entre el lenguaje con el que hablamos de la vuelta y la realidad con la que muchos regresan.
Pedimos a las empresas que sean cada vez más competitivas, digitales, sostenibles, innovadoras y flexibles. Todo necesario. Pero a veces hablamos de una pyme de cinco trabajadores como si tuviera el departamento de estrategia de una multinacional. Al autónomo le exigimos que venda, facture, administre, se forme, se digitalice, cumpla cada obligación y además encuentre tiempo para anticiparse al futuro. Preferiblemente sin equivocarse y sin quejarse demasiado. La productividad importa. La competitividad importa. Crecer importa. Una economía que renuncia a esas palabras termina pagando las consecuencias. Pero quizá hemos confundido mejorar con vivir permanentemente bajo examen. También en las empresas.
No todo trimestre puede ser extraordinario. No toda decisión tiene que ser disruptiva. No todo negocio necesita reinventarse cada seis meses. A veces avanzar consiste sencillamente en mantener una empresa abierta, pagar las nóminas puntualmente, conservar a buenos trabajadores, atender bien a los clientes y conseguir que al final del año quede algo después de pagar todo lo demás. Eso también es éxito, aunque genere pocos titulares en LinkedIn. Nos ocurre algo parecido a las personas. Hemos construido una cultura en la que siempre parece existir una versión superior de nosotros mismos esperando al otro lado de un esfuerzo adicional. Más productiva, más sana, más organizada, más presente, más interesante y, por supuesto, más feliz. La consecuencia es bastante paradójica: conseguimos muchas cosas y tenemos la sensación permanente de estar llegando tarde a alguna.
Quizá por eso septiembre produce esa mezcla tan particular de entusiasmo y agotamiento. Nos gusta estrenar etapas. Un cuaderno nuevo sigue teniendo, incluso de adultos, algo irresistiblemente prometedor. El problema aparece cuando confundimos una página en blanco con la obligación de escribir en ella una vida completamente distinta. No hace falta.
Las empresas necesitan planes, las administraciones necesitan objetivos y las personas necesitamos cierta dirección. Pero ninguna economía funciona mejor porque todo el mundo viva exhausto intentando optimizar cada minuto. Tampoco una sociedad progresa necesariamente porque convierta cualquier aspecto de la existencia en un indicador que debe mejorar respecto al ejercicio anterior.
Hay cosas que merece la pena hacer sin medirlas. Conversar sin mirar la hora. Pasear sin contar los pasos. Leer sin marcar un objetivo anual. Tener una empresa cuyo propósito durante un tiempo sea consolidarse en lugar de crecer. Llegar a casa sin convertir las siguientes tres horas en otro turno de productividad doméstica. Y comenzar septiembre sin redactar un programa electoral para nuestra propia vida.
Dentro de unas horas cambiará el mes. Volverán las agendas llenas, los colegios, las reuniones, los atascos, los presupuestos y esa peculiar sensación de que empieza algo, aunque el calendario insista en que llevamos ocho meses de año. Podemos aprovecharla. Pero quizá esta vez no necesitemos regresar convertidos en nadie nuevo. Conservar lo que funciona, cambiar lo que de verdad merece ser cambiado y dejar de exigirnos resultados extraordinarios en todos los ámbitos al mismo tiempo ya sería un comienzo bastante razonable.
Septiembre no tiene la culpa. Fuimos nosotros quienes decidimos convertirlo en un examen.