04/02/2026

Datos vs. realidad
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Montserrat Hernández. Directora de Tribuna de Canarias

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Las cifras vuelven a ser buenas. O, al menos, lo suficientemente buenas como para repetirlo con convicción. Un cuadro casi idílico que, sin embargo, no termina de encajar con la experiencia cotidiana de empresas, trabajadores y familias. Crecimiento sostenido, empleo estable, todo bajo control. Según los indicadores, todo va razonablemente bien. Según el discurso oficial, incluso mejor.

No es que las cifras mientan. Es que cuentan solo una parte de la historia. La parte cómoda. La que cabe en una nota de prensa y se defiende sin contratiempos en una rueda de prensa. La otra parte, (la que no cabe en un porcentaje ni en una previsión trimestral) queda fuera del lienzo. Y es precisamente ahí donde empieza el verdadero debate económico. Porque la economía puede crecer mientras la sensación de bienestar se encoge. Puede crear empleo mientras la estabilidad vital se diluye. Puede “desinflarse” mientras los precios se quedan donde están. Todo eso es compatible. Y, de hecho, es lo que está ocurriendo.

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El empleo aguanta, nos dicen. Y es cierto, si se mira la cifra. Pero detrás hay jornadas interminables, contratos frágiles, autónomos que facturan más para ganar menos y pequeñas empresas que sobreviven ajustando cada céntimo. No es exactamente el escenario que uno imagina cuando escucha hablar de fortaleza económica, pero sí el que muchos viven a diario. La inflación, por su parte, se modera. Una expresión curiosa. Los precios subieron, se instalaron y ahí siguen. La moderación sirve para el titular; el ticket de la compra sirve para recordar que el alivio es más en el papel que en la realidad.

En este contexto, el optimismo institucional empieza a sonar repetitivo. Se celebra cada décima de crecimiento como si fuera una victoria, cuando en realidad muchas de esas décimas conviven con una creciente sensación de precariedad silenciosa. Una precariedad que no siempre se traduce en protestas, pero sí en decisiones: no invertir, no consumir, no arriesgar. Y eso, aunque no se vea, también tiene consecuencias económicas.

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Porque una economía no se sostiene solo con confianza de los mercados, sino con confianza social. Y esa confianza se resiente cuando la distancia entre el discurso y la vida real se hace demasiado evidente. Cuando se habla de recuperación mientras buena parte de la población siente que simplemente está aguantando. Cuando se insiste en que todo va bien mientras cada mes cuesta un poco más llegar al final.

Quizá la pregunta no sea si la economía crece, sino cómo crece. Porque si el crecimiento no se traduce en mayor estabilidad, entonces algo falla en el planteamiento.

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No estamos ante una crisis clásica, de esas que se anuncian con estruendo. Estamos ante algo más sutil: una economía que funciona, pero no convence; que avanza, pero no arrastra; que suma, pero no reparte. Y eso es casi más peligroso, porque desgasta sin hacer ruido.

Tal vez por eso se insiste tanto en repetir que todo va bien. Porque cuando una economía va bien de verdad, no hace falta recordarlo cada semana. Se nota. En las decisiones, en el ánimo, en la capacidad de planificar sin miedo constante al próximo sobresalto.

Mientras tanto, seguimos celebrando gráficos ascendentes y pidiendo paciencia a quienes llevan demasiado tiempo ejercitándola. Y convendría no olvidar que la paciencia también tiene un límite, incluso cuando el PIB sonríe.

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