21/06/2024

Dios vive en La Habana
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La Comunidad de La Milagrosa sustenta la Casa de Abuelos más grande de Cuba, enclavada en La Habana, la cual intenta cubrir las necesidades básicas de más de 200 ancianos

La Iglesia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa se encuentra situada en la esquina donde convergen la calle Paz y la calle Santos Suárez, en el municipio de Diez de Octubre, en la ciudad capitalina. Esta humilde casa de Dios es el refugio de más de 200 ancianos que viven en condiciones muy precarias. La mayoría de ellos no tiene familia. La soledad es, aunque resulte paradójico, la fiel compañera en los hogares de las personas que allí buscan consuelo, apoyo y cariño. Esta comunidad católica tiene diariamente el desafío de sacar adelante el ambicioso proyecto que dejó cimentado el padre Jesús María Lusarreta Indurain.

Este sacerdote, de origen navarro, falleció en el año 2017 en La Habana después de haber puesto en marcha la Casa de Abuelos –como es coloquialmente conocida- más grande de toda la isla de Cuba. La misión que el padre Lusarreta comenzó hace más de 25 años en la isla caribeña, hoy, a principios de 2023, sigue dando sus frutos. Cuando el Estado cubano y la Iglesia católica empezaban a establecer puentes de comunicación, principalmente tras la visita oficial a la isla de San Juan Pablo II –entonces sucesor de Pedro en la Tierra- , el padre Lusarreta diseñó un proyecto al servicio de los más vulnerables y olvidados de la sociedad. “El padre Luzarreta le pidió al Estado, a través de un proyecto estructurado, que le permitiera establecer aquí la Casa de Abuelos de La Milagrosa”, afirma Yudit Aguilera, una de las trabajadoras sociales de la parroquia.

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Fue entonces cuando las autoridades cubanas competentes dieron luz verde a esta obra misionera para que la Iglesia pudiera desarrollar su trabajo y poder así atender las necesidades de los más pobres. La jornada, comprendida de lunes a viernes, comienza con la celebración de la eucaristía a las ocho y media de la mañana. El padre Valentín, encargado de la parroquia, preside la ceremonia matutina en la que participan no solo las personas matriculadas en la Casa de Abuelos, sino también los vecinos de la zona.

Después de la finalización de la Santa Misa, los ancianos acuden al comedor para ser atendidos por un equipo de trabajadores sociales, cocineros, encargados de limpieza y mantenimiento del cuidado de la higiene personal, voluntarios, etc. Una vez se encuentran ubicados en sus respectivos asientos, los trabajadores se disponen a serviles el desayuno: un vaso de leche caliente y un pan con queso. Este suele ser el menú más opulento de la mañana. Lamentablemente, la parroquia no siempre dispone de los alimentos necesarios para enriquecer la dieta de los ancianos. De hecho, algunos días estos se han visto abocados, con el inconsolable pesar de los trabajadores sociales, a recibir un vaso de agua y un pan ensopado de aceite.

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“Es doloroso tener que brindarles un vaso de agua a las 9 de la mañana”, asegura un voluntario que no ha querido revelar su identidad. Durante las siguientes horas de la mañana, mientras esperan el almuerzo, los abuelos practican diferentes actividades lúdicas, entre las que se encuentran el juego del dómino y el bingo. Además, los ancianos cuentan con excursiones fuera de la iglesia y con clases de estiramientos, dirigidas por un profesor e instructor de deporte.

En cuanto a las instalaciones de la Casa de Abuelos, estas albergan un pequeño almacén de ropa, donde las personas interesadas acuden para conseguir algunas prendas por la cantidad simbólica de cinco pesos cubanos (equivalente a menos de dos céntimos), un salón de fisioterapia equipado, una lavandería, dos amplios comedores, cocina, despensa, una sala para el ver la televisión, etc.

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El espacio no parece ser el problema para desempeñar las labores cotidianas para mantener este proyecto, sino el factor económico. Las donaciones están siendo el motor que impulsa a la Casa de Abuelos, aparte de las intermitentes contribuciones del Estado cubano. “Cuando recibimos un camión lleno de cajas con alimentos no perecederos, se nos inunda el corazón de alegría”, recalca el voluntario anónimo. “No obstante, el mayor alimento para ellos es sentirse acompañados.

Hay abuelos que viven con su familia, pero es como si vivieran solos…”, lamenta. Una de las anécdotas que más recuerda este voluntario hace referencia al día en el que los abuelos comieron un huevo cocido por Navidad. “Cuando vieron el huevo en el plato empezaron a aplaudir. Para un cubano de a pie es un lujo comerse un huevo, pero para un pensionista que gana mil quinientos pesos al mes, es impensable comprar un cartón de huevos por el valor de mil pesos”, asegura. “Para hacerles más dulce la Navidad tuvimos que repartirles un pequeño trozo de turrón que llegó de España”, recuerda emocionado.

Pero el verdadero reto de la Iglesia es mantener endulzado el espíritu de todas las personas que son atendidas entre estas paredes de la parroquia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Teniendo en cuenta que Jesucristo afirmó que no había venido al mundo para ser servido, sino para servir, y que el propio San Vicente de Paúl subrayó que los pobres eran nuestros amos y señores, probablemente Dios se haya mudado y resida ahora en La Habana.

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