03/04/2025

El peligro, es real
E

Agoney Melián. Presidente de AJE Canarias

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No me gusta hablar mal del trabajo. De hecho, no puedo. Soy un enamorado de mi equipo, de la gente que me rodea, de mis empresas, de los proyectos que he construido con esfuerzo y de los profesionales con los que tengo la suerte de compartir mi día a día. Les confiaría mi vida.

Pero también me gusta ser honesto. Y últimamente, en cada conversación con otros empresarios, en cada café, en cada reunión de la Asociación de Jóvenes Empresarios, en cada llamada con un compañero que intenta sacar su negocio adelante, se repite la misma frase:

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“No encontramos gente para trabajar.”

No hablamos de falta de talento. No hablamos de falta de oportunidades. Hablamos de una desconexión peligrosa entre el mundo laboral y la realidad.

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Lo que debería ser un problema aislado se ha convertido en la norma. Y lo que más me preocupa no es solo lo que estamos viviendo hoy, sino lo que nos espera mañana.

Un mundo que cambia (y nosotros de brazos cruzados).

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Vivimos en un tablero global cada vez más agresivo. Estados Unidos ha entrado en modo supervivencia económica, con una estrategia clara de proteccionismo y control de mercados. China sigue expandiendo su influencia con modelos productivos imposibles de igualar sin una política industrial real. Y Europa… bueno, Europa sigue debatiendo sobre sí misma, sin una estrategia definida, perdiendo competitividad y viéndose arrastrada por conflictos y crisis de liderazgo.

Y en medio de ese escenario, España y Canarias parecen jugar sin estrategia, confiando en que el bienestar es un derecho asegurado y no algo que debemos defender día tras día.

La realidad es otra. Si no somos competitivos, si seguimos ignorando que el mundo no nos espera, nuestro sistema no se sostendrá por mucho tiempo.

Aquí no se trata de alarmismo. Se trata de datos.

• España tiene la tasa de paro más alta de la UE, pero a la vez las empresas no encuentran perfiles para cubrir sus vacantes.

• Los jóvenes tardan más en incorporarse al mercado laboral que en otros países europeos, y cuando lo hacen, sus expectativas no coinciden con la realidad del mercado.

• El absentismo laboral ha aumentado un 30% en los últimos cinco años, generando costes millonarios tanto para las empresas como para la Seguridad Social.

Y aquí entra el verdadero problema: el peligro real.

Porque no estamos ante un fallo del mercado ni ante una crisis temporal. Estamos ante un cambio cultural que ha desdibujado la relación entre esfuerzo y recompensa, entre derechos y responsabilidades.

Hemos alimentado la idea de que la empresa es el enemigo, que el esfuerzo es opcional y que el bienestar es un cheque en blanco. Y ahora nos sorprendemos cuando las cuentas no cuadran.

El buzón de los carotas.

Hace unos días, la CEOE propuso una medida que ha generado un debate enorme: un buzón para denunciar bajas fraudulentas.

La idea ha sido recibida con polémica, como si la simple existencia de este buzón fuera un ataque a los derechos de los trabajadores.

Pero aquí no estamos hablando de trabajadores. Estamos hablando de carotas. No estamos hablando de que la gente no pueda enfermar; yo mismo en mis empresas, no necesito, ni siquiera, un justificante del médico. Yo creo en el bienestar como base de la productividad.

Lo que no estamos dando cuenta es que, cada baja fraudulenta no solo le cuesta dinero a la empresa (y, por extensión, a todos), sino que supone una traición a los compañeros que sí trabajan, a los que están comprometidos, a los que creen en lo que hacen.

Cada persona que abusa de un sistema diseñado para proteger a quienes realmente lo necesitan, está empujando a los buenos trabajadores a sentirse castigados por su propia implicación.

Es un círculo vicioso perverso:

• El que trabaja bien, acaba trabajando más.

• El que se escaquea, se acostumbra a hacerlo.

• Y los buenos terminan agotados, frustrados o buscando una salida.

Y aquí está el verdadero problema: ¿cómo motivas a los que realmente creen en el trabajo bien hecho, si los que no lo hacen reciben el mismo trato?

Porque si la solución es dejar que los carotas sigan aprovechándose, el mensaje es claro: el compromiso no vale la pena.

Y en un mundo donde cada vez cuesta más encontrar perfiles comprometidos, estamos cavando nuestra propia tumba.

El impacto en el futuro.

Las empresas, especialmente las pequeñas y medianas, ya no están compitiendo solo con el mercado local, sino con un mercado global.

Si no conseguimos retener talento, si no logramos cambiar la cultura del esfuerzo, si seguimos permitiendo que la meritocracia sea vista como una injusticia en lugar de una aspiración, el futuro no será un debate ideológico, será una cuenta de resultados que no sale.

Porque el peligro no es solo la falta de trabajadores, el peligro es perder el sentido del trabajo.

Si nadie quiere trabajar, si nadie quiere esforzarse, si cada vez es más difícil encontrar a alguien que valore lo que tiene, entonces no habrá futuro que sostenga nuestro sistema.

El peligro es real.

Europa se desmorona. Las empresas cierran. La competitividad cae. Y mientras tanto, seguimos discutiendo si es lícito o no señalar a quienes abusan del sistema.

Pero hay algo que está claro: sin empresas no hay empleo. Sin empleo, no hay salarios. Sin salarios, no hay estado del bienestar.

Podemos discutir si el buzón es la mejor solución o si hay que mejorar las condiciones laborales en ciertos sectores, pero lo que no podemos permitirnos es seguir mirando hacia otro lado.

Porque el mundo no nos está esperando. Y el problema no es solo que no haya talento. El problema es que no queremos verlo.

Porque, aunque ahora no lo veamos, si cierran las empresas, será inviable mantener el sistema del bienestar, y muchos pensarán que soy un incendiario, que ahí está el empresario con sus tesis, pero créanme cuando les hablo. Esto no es una pataleta, lo que estoy viendo a mi alrededor da miedo. Si no nos ponemos manos a la obra, vamos a lamentarlo porque … el peligro, es real.

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