En Canarias hablamos mucho de economía, pero casi siempre lo hacemos desde arriba, como si fuera un informe ajeno, lleno de gráficos, siglas y grandes cifras que no caben en la libreta del supermercado. Hablamos del PIB regional, de los fondos europeos, de la dependencia del turismo, de si vienen más visitantes de un país u otro, pero pocas veces nos atrevemos a mirar la economía desde abajo, desde la barra del bar, desde la peluquería del barrio, desde la empresa familiar que paga nóminas todos los meses y que, cuando el banco aprieta, no se defiende con presentaciones en PowerPoint, sino con noches en vela.
Quizá ha llegado el momento de reconocer que la economía canaria no son solo hoteles, aerolíneas y macroproyectos, la economía canaria son empresas de carne y gofio, hechas de personas que sienten, que se equivocan, que pagan alquiler, que hacen malabares con las facturas de la luz y que, aun así, siguen abriendo la persiana cada mañana. Si no entendemos esto, seguiremos diseñando políticas públicas, estrategias empresariales y discursos institucionales que suenan muy bien en un escenario, pero que no resuelven nada en la caja registradora de un martes cualquiera.
Hay una brecha silenciosa que me preocupa, la brecha entre la economía que se presenta y la economía que se vive. En la que se presenta, todo son planes estratégicos, memorias de responsabilidad social y promesas de transformación digital. En la que se vive, lo que hay es una pyme que no encuentra personal cualificado, un empresario que no puede competir con determinadas ofertas a la baja, una autónoma que se plantea si le compensa seguir o cerrar y buscar un trabajo por cuenta ajena. Esa brecha, si no se cierra, no es solo un problema económico, es un problema social que terminará pasando factura en forma de frustración, desligue y desconfianza.
Canarias, además, tiene una particularidad que es una bendición y un reto a la vez: todo el mundo se conoce. Aquí los apellidos no son solo apellidos, son historias; las empresas no son logotipos, son familias; los proveedores no son números de expediente, son nombres propios con los que te cruzas en el muelle, en el colegio de los niños o en las fiestas del pueblo. Esta cercanía, bien entendida, podría ser nuestro mayor activo económico, porque permite construir relaciones de confianza, redes de colaboración y proyectos compartidos que en otros territorios cuestan años de negociación. Mal entendida, se convierte en amiguismo, en contratos que se repiten por inercia, en miedo a cuestionar lo establecido, en ese famoso “aquí las cosas siempre se han hecho así” que tanto frena la innovación.
Por eso, cuando hablamos del futuro económico de Canarias, no podemos seguir reduciendo la conversación a atraer inversión de fuera, llenar los hoteles o bajar este o aquel impuesto. Necesitamos hacernos una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué tipo de tejido empresarial queremos construir y sostener en esta tierra en los próximos veinte años? No hablo solo de tamaño, hablo de valores. De si queremos empresas que compitan únicamente por precio, exprimendo proveedores y precarizando talento, o empresas que compitan por calidad, por creatividad, por arraigo, por hacer las cosas bien aunque no siempre sea el camino más rápido.
Una empresa de carne y gofio no es una empresa perfecta, es una empresa que se reconoce humana. Una que asume que la productividad no está reñida con el cuidado de las personas, que sabe que la salud mental del equipo no es un tema de moda, sino una variable económica que impacta en la rotación, en la calidad del servicio y en la cuenta de resultados. Una empresa que, cuando habla de formación, no la entiende como un trámite para cumplir un requisito, sino como una inversión para que su gente crezca, mejore y aporte más valor. En Canarias hay muchas empresas así, quizá más de las que pensamos, pero todavía ocupan poco espacio en el relato mediático y político.
También deberíamos hablar de otra palabra que nos cuesta: riesgo. Durante años hemos aplaudido, y con razón, al empresario que se arriesga, que monta algo de la nada, que apuesta sus ahorros por una idea. Sin embargo, hemos sido menos generosos a la hora de analizar el riesgo que asumen los jóvenes que deciden quedarse en Canarias, los profesionales que renuncian a mejores sueldos fuera para construir aquí su vida, las personas que aceptan un salario algo menor a cambio de calidad de vida, familia cerca y mar a cinco minutos. Ese sacrificio también es una decisión económica, que sostiene barrios, que mantiene colegios abiertos, que da sentido a nuestras ciudades y pueblos. Cuando el talento se va, no solo perdemos currículos, perdemos futuro.
Si queremos que la economía canaria sea sólida, diversa y resiliente, necesitamos fortalecer esa alianza invisible entre empresas y territorio. Que las grandes compañías que operan en Canarias miren más a su alrededor a la hora de contratar servicios, proveedores, formación, comunicación. Que la administración pública, en todos sus niveles, entienda que cuando apuesta por empresas locales no está haciendo un favor, está haciendo política económica inteligente, porque cada euro que se queda aquí, circula, se multiplica, paga otras nóminas y da de comer a mucha más gente de la que aparece en el contrato inicial. Que los propios consumidores, cuando eligen dónde comprar, a quién encargar un proyecto o qué restaurante recomendar, sepan que su decisión es también un voto económico.
Esto no va de pintar una postal ingenua, ni de decir que por ser canarios todas las empresas son maravillosas por defecto. Va de exigir profesionalidad, transparencia y resultados, pero hacerlo entendiendo que detrás de cada CIF hay caras, historias, madrugones y facturas. Va de dejar de hablar de “el sector privado” y “el sector público” como si fueran equipos enfrentados y recordar que, en una región como la nuestra, si a uno le va mal, el otro lo nota en cuestión de meses. Va de sentar en la misma mesa a quienes toman decisiones sobre presupuestos, a quienes creamos proyectos y a quienes los ejecutan a pie de obra, sin que nadie sienta que está de convidado de piedra.
El debate que propongo es sencillo de formular y complejo de responder: ¿está nuestra economía alineada con la manera real en la que vivimos y queremos vivir en Canarias? Porque si nuestra vida cotidiana se sostiene en la cercanía, en el trato directo, en esa mezcla de formalidad y confianza que nos hace únicos, pero luego construimos una economía basada solo en licitaciones interminables, despachos lejanos y decisiones tomadas desde muy arriba, hay algo que no encaja del todo. Esa incoherencia se traduce después en desafección, en la sensación de que “esto no va conmigo”, en un alejamiento de la ciudadanía respecto a la empresa y de la empresa respecto a la ciudadanía.
Tal vez ha llegado el tiempo de una nueva narrativa económica, una que no enfrente competitividad y humanidad, que no oponga crecimiento y arraigo. Una narrativa en la que una empresa que cuida a su gente y paga a tiempo a sus proveedores sea un ejemplo de éxito, no una rareza. En la que un proyecto que nace en un barrio de La Laguna, de Telde o de Arrecife pueda aspirar a jugar en primera división sin renunciar a su acento ni a su manera de relacionarse. En la que los jóvenes que vuelven de estudiar fuera encuentren aquí un ecosistema que no solo les pide que se adapten, sino que los escucha y les da espacio para transformar.
Es posible que este artículo incomode a algunos, que haya quien piense que idealiza la pequeña empresa o que carga demasiado contra las grandes estructuras. No es esa la intención. La intención es abrir una conversación que, tarde o temprano, tendremos que tener, porque la economía de Canarias no se decide solo en los datos, se decide en las personas que están detrás de esos datos. Personas de carne y gofio, que merecen ser tenidas en cuenta cuando hablamos del futuro de esta tierra. Si conseguimos que esa conversación empiece a darse en los despachos, en las asociaciones empresariales, en las universidades y, sobre todo, en las empresas que cada día sostienen nuestra vida cotidiana, quizá estemos un poco más cerca de una economía que, por fin, se parezca de verdad a la gente que la hace posible.










