La Inteligencia Artificial ha llegado a nuestras vidas desatando un revuelo de opiniones y pasiones del que resulta muy complicado evadirse. Un día sí y otro también, casi sin buscarlo, nos llega un nuevo titular, una nueva noticia, un nuevo comentario de alguien cercano que nos recuerda que el tren de la IA va muy rápido y que quien se despiste un segundo corre el riesgo de quedarse fuera de la partida.
Mientras, la burbuja no para de crecer y las expectativas que se están generando alrededor de esta incipiente tecnología, que por lo pronto ofrece más incertidumbres que certezas, aumentan de manera exponencial, generando a la par filias y fobias con las que tenemos que convivir a la espera de la llegada de la tierra prometida.
Pero lo cierto es que la espera comienza a hacerse demasiado larga y ya se sabe que el ser humano del siglo XXI no se caracteriza precisamente por su paciencia. Mucho ha llovido desde aquel 30 de noviembre de 2022, día en el oficialmente salió Chat GPT. Desde entonces, quien más y quien menos, ha ido haciendo sus pinitos con herramientas experimentales que parece que no terminan de convencer.
Todos intuimos un enorme potencial en los primeros destellos que nos deja la Inteligencia Artificial que, para ser justos, nos han deslumbrado. Pero es a la hora de medir el grado de penetración de la IA en nuestras empresas cuando el globo se desinfla y la realidad nos obliga a poner los pies en el suelo porque, a día de hoy, son muy pocas las compañías españolas que están invirtiendo un importe significativo en soluciones de Inteligencia Artificial para su negocio.
Quizás convenga hacer un ejercicio de honestidad y autocrítica para entender lo que está pasando en nuestro tejido empresarial que amenaza con mandarnos al vagón de cola de la digitalización ante una inacción aparentemente injustificada.
Empecemos por intentar comprender la manera en la que cada uno de nosotros asimila las noticias, generalmente sensacionalistas, que nos llegan relacionadas con la tecnología. Resulta fácil identificar un primer grupo de personas que disfruta con todo lo que rodea a la IA y alimenta su entusiasmo con cada titular. Devoradores insaciables de aplicaciones, son capaces de perdonarlo y justificarlo todo con tal de que la rueda no se pare. Podríamos decir que son frikis tecnológicos que, en algunos casos, llevan años interpretando su papel, aunque anteriormente con otras partituras: Metaverso, Blockchain… y ahora, la IA.
Luego tenemos otro grupo de personas que, siendo profesionales de diferentes materias no necesariamente tecnológicas, ven en la Inteligencia Artificial el aliado perfecto para potenciar su negocio. Este segmento comienza a mostrar cierto cansancio y desencanto y se encuentra un tanto perdido en un escenario que no les termina de dar un mínimo de certezas y estabilidad. Aún no han tirado la toalla, pero si esto se alarga mucho más, acabarán por entregar las armas.
Y por último identificamos un conjunto harto de tanto titular y sensacionalismo. Cansados de acumular promesas incumplidas se han instalado en un compás de espera que se traduce en el bloqueo de todos los presupuestos de IA que aparecen sobre su mesa. Son incapaces de identificar valor en algo que no terminan de comprender y creen que la IA está todavía muy verde como para hacer negocio.
Si bien los frikis siempre serán minoría, el grupo de profesionales comprometidos con la causa no es tan numeroso como tirar del carro. Por tanto, a día de hoy, la masa crítica que, no olvidemos es la que en la práctica toma las decisiones, se mueve entre la decepción y el hartazgo.
Está claro que las razones que nos han llevado a esta situación poco halagüeña son mucho más complejas que lo expuesto en estas pocas líneas y que este ejercicio de clasificación de roles según patrones de conducta, quizás sea excesivamente reduccionista.
Pero ya sea porque la IA es cara, o porque no se entiende, o porque la información llega a golpe de titulares, o no se consigue identificar una estrategia clara para llevarla al negocio… las empresas, hartas de tanto ruido, parece que han decidido esperar a que baje el volumen de la música para intentar empezar a entender la melodía.
Las grandes tecnológicas ya se han dado cuenta de lo que está ocurriendo y antes de que la cosa vaya a más han empezado mover ficha con la esperanza de revertir esta situación en el corto plazo, porque son muchos los euros que están en juego y la apuesta que hicieron al caballo ganador de la IA comienza a generar dudas entre sus inversores.
Todo apunta a que los próximos meses serán decisivos. Toca reforzar la vigilancia tecnológica para que un mal movimiento no nos coja con el paso cambiado.