Para comenzar, ¿podría explicarnos cuál es el contexto en el que surge la apuesta de la universidad por la formación continua y permanente?
La nueva ley de universidades de hace dos años facilitaba a las universidades españolas asumir la formación continua y permanente. Tradicionalmente, universidades y centros formativos han trabajado en la formación reglada: formación obligatoria, formación profesional, bachillerato y, posteriormente, estudios universitarios, dirigida a quienes están dentro del sistema educativo.
Cuando una persona termina bachillerato o formación profesional y continúa con estudios universitarios, hablamos de formación reglada. En cambio, la formación continua está dirigida a quienes ya han completado su formación inicial y se encuentran en el mercado laboral.
En ese contexto, los profesionales pueden necesitar mejorar su cualificación, avanzar en su carrera o adquirir nuevas competencias según las demandas de su puesto de trabajo. Eso constituye la formación continua.
¿Por qué hoy en día se considera imprescindible la formación a lo largo de toda la vida?
Llevamos muchos años hablando de la necesidad de la formación a lo largo de toda la vida, pero hoy existe consenso en que debe ser continua y permanente. En los puestos de trabajo, las empresas deben invertir en la formación de sus empleados ante la aparición constante de nuevas herramientas, metodologías y necesidades derivadas de la innovación y los cambios en la actividad empresarial.
Existen dos vectores especialmente relevantes. Por un lado, la digitalización: tecnologías disruptivas, transformación digital e inteligencia artificial que provocan cambios importantes en el sistema productivo, con el objetivo de que los trabajadores incorporen estas herramientas y no queden obsoletos.
Por otro lado, la sostenibilidad: energías renovables, economía circular y reducción del impacto medioambiental y de la contaminación obligan a las empresas a adaptarse, tanto por cambios normativos como por estrategia y responsabilidad. Son dos grandes vectores de cambio, aunque no los únicos.
Entonces, ¿qué papel otorga la nueva ley de universidades a las universidades en este escenario?
La ley establece que es necesario crear un instrumento para que las universidades asuman la formación continua, no solo la inicial. Tradicionalmente, la universidad formaba a ingenieros, docentes o profesionales y, una vez en el mercado laboral, parecía que ya no tenía nada más que hacer.
Existía formación de posgrado, tanto títulos oficiales como propios, que en parte respondían a esta necesidad, pero las universidades no habían asumido plenamente este rol. Ahora, la ley reconoce su papel en la formación continua y permanente de nivel universitario, dando lugar al concepto de microcredencial.
Y, ¿qué es exactamente una microcredencial universitaria?
Una microcredencial es una formación acreditada por la universidad, siempre destinada a la formación continua y permanente universitaria. Es una acreditación corta, de uno, dos o hasta seis créditos, con una carga lectiva de entre 30 y 60 horas.
Está acreditada por una entidad universitaria, mayoritariamente públicas, aunque también privadas. Para acreditarla, la formación debe pasar un control de calidad, el alumnado debe matricularse en la universidad y la formación debe estar asociada a competencias profesionales muy específicas.
Los resultados de aprendizaje deben ser realistas y vinculados al mercado y a las necesidades reales, condición esencial para que sea considerada formación continua.
¿En qué se diferencia este modelo de la formación universitaria tradicional?
En la formación universitaria tradicional, muchos contenidos no se aplican directamente en el ejercicio profesional, aunque sí aportan metodología, capacidades y competencias. Sin embargo, una vez en el mercado laboral, los profesionales deben seguir formándose ante la aparición de nuevos temas, herramientas y metodologías.
Por ejemplo, en matemáticas muchos contenidos no se utilizan directamente, pero estructuran el pensamiento. Ámbitos como la analítica de datos o los nuevos métodos de tratamiento de la información exigen una actualización constante. Ahí entran las microcredenciales, asociadas a resultados de aprendizaje concretos y demandados por el mercado.
Además, ¿cómo se está organizando la oferta de microcredenciales dentro de la universidad y qué papel juega en ella el Centro de Formación Permanente?
La universidad ha creado un Centro de Formación Permanente, cuyo diseño y gestión se realizan a través de la fundación universitaria, que actúa como interfaz con las empresas. Las fundaciones universidad- empresa ya venían impartiendo formación continua, con servicios como idiomas y más de 300 cursos al año. Esta labor forma parte de su misión, pero la novedad es que ahora toda esa formación, tanto la existente como los nuevos diseños, se estructura en formato de microcredencial.
“Nos aliamos
con empresas,
administraciones
y sectores
productivos para
diseñar formación
bajo demanda”
¿Qué elementos diferencian a las microcredenciales y qué aporta este modelo desde el punto de vista de la docencia y del diseño formativo?
Las microcredenciales presentan dos elementos diferenciadores. En primer lugar, la docencia: la universidad imparte al menos el 20% de la formación, mientras que el 80% restante corre a cargo de profesionales del mercado laboral, procedentes de empresas, administraciones públicas o del tercer sector. No se trata de una formación impartida exclusivamente por profesorado universitario, sino de una formación práctica, realista y conectada con la experiencia profesional, lo que permite una mejor adaptación a las necesidades del mercado.
El segundo elemento clave es que las microcredenciales son apilables.
¿Qué implica que las microcredenciales sean apilables y qué impacto tiene esto tanto en el alumnado como en la estructura universitaria?
La condición de apilables permite al alumnado acumular certificaciones universitarias y construir su propio itinerario formativo, combinando microcredenciales de distintos ámbitos según sus necesidades profesionales. De este modo, al alcanzar un determinado número de créditos, la universidad puede acreditar títulos como experto, diploma o máster, siempre respetando los niveles de cualificación del marco europeo.
Este modelo también tiene impacto en la formación reglada, ya que muchos títulos podrán modularizarse, favoreciendo itinerarios más flexibles, personalizados y multidisciplinares.
¿Qué papel desempeñan las empresas y los sectores productivos en este modelo y cómo se está financiando actualmente esta oferta formativa?
Este modelo se basa en una alianza con las empresas, las administraciones
públicas y el sector productivo, a partir de una formación diseñada bajo demanda. Las primeras experiencias se han desarrollado con la Confederación de Empresarios y se está trabajando también con asociaciones empresariales, empresas concretas y sectores como el audiovisual o el del videojuego.
En cuanto a la financiación, los costes de puesta en marcha son reducidos gracias a las ayudas del Ministerio. Las universidades que participan en el proyecto cuentan con una financiación del 70%, porcentaje con el que se está desarrollando la oferta de microcredenciales de la Universidad de La Laguna.
Para finalizar, ¿qué mensaje principal le gustaría trasladar a la sociedad sobre esta nueva oferta de microcredenciales universitarias?
La universidad está asumiendo de manera decidida su papel en la formación continua y permanente, en alianza con empresas e instituciones, a través de una formación universitaria acreditada, flexible, apilable, con participación directa del mercado laboral y validez europea, orientada a mejorar la cualificación, la empleabilidad y la productividad.








