17/07/2024

La dignidad del campo
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Era cuestión de tiempo, el campo ha colgado sus botas de trabajo y ha salido a la calle a gritar, a luchar. A pedir dignidad. Una dignidad de la que ha sido despojado paulatinamente  conforme han pasado los años y, claro, como cualquier globo que llenas de agua sin parar, termina explotando. Mucho había tardado. […]

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Era cuestión de tiempo, el campo ha colgado sus botas de trabajo y ha salido a la calle a gritar, a luchar. A pedir dignidad. Una dignidad de la que ha sido despojado paulatinamente  conforme han pasado los años y, claro, como cualquier globo que llenas de agua sin parar, termina explotando. Mucho había tardado.

Pocas palabras pueden alentar a un sector que se ha vuelto cada vez más precario, porque los agricultores no necesitan palabras de afecto y palmadas en la espalda, los agricultores necesitan recursos, necesitan mejoras, necesitan una PAC que los haga competitivos o, como mínimo, que sea justa. Los agricultores están desconcertados, desamparados, sin recursos y sin una línea del tiempo esperanzadora que los anime a seguir persistiendo en el empeño de seguir haciendo crecer el campo. Y sus movilizaciones son justas.

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Me gustaría decir que siempre se ha tratado bien al campo, que siempre los hemos valorado como al resto de sectores económicos, como puede ser el turismo o la tecnología, por ejemplo. Pero no se me ocurre falacia mayor en estos momentos. El campo siempre les (nos) ha parecido poco atractivo, para muchos siempre fue una actividad poco agradecida, receptora en sí misma y aquellos que la ejercen de cientos de mofas, incluso aludiendo al poco nivel cultural de aquellos que trabajan la tierra. Sin embargo, pocos saben que en esta Comunidad Autónoma, a cierre a de 2020, generó un Valor Añadido Bruto de 745,6 millones de euros. Un dato que, sin embargo, no recoge en su totalidad la riqueza real aportada por esta actividad a la economía, puesto que no toma en consideración componentes enmarcados dentro de los procesos industriales posteriores a la producción generada en la finca, como la transformación o el envasado y el embalaje del producto (según un informe realizado por la CCE). El campo no es algo secundario, el campo es prioritario también para nuestra economía. Y, al margen del plano empresarial y de negocio, es gracias a ellos que podemos llevarnos a la boca productos de primera calidad y que nuestros supermercados tienen los lineales llenos de variedades recolectadas directamente de nuestra tierra. El sector primario no es una opción, es una necesidad de la que España no puede prescindir.

Ahora bien, mi preocupación va un paso más allá. De manera reiterada escucho discursos que hablan de la necesidad del relevo generacional en el sector primario, una necesidad que empieza a ponernos nerviosos porque cada vez son menos los jóvenes que lo eligen como proyecto de vida, si seguimos en estos números, no va a haber quien trabaje nuestros terrenos en unas décadas. Imploramos manos que labren, pero no van a llegar más hasta que esta sea una actividad tan atractiva como otra. Los agricultores necesitan ser competitivos y rentables. El agricultor es un empresario, un emprendedor, no podemos olvidarlo. La agricultura debe ser una actividad que invite a los jóvenes a sumarse y no a alejarse. Y este no es camino. Ni jóvenes ni mayores, así nadie querrá darnos de comer.

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La dignidad, queridos lectores, la dignidad del campo no es negociable.

Montserrat Hernández Directora de Tribuna de Canarias

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