Vivimos tiempos convulsos. Tiempos en los que parece que, si no se grita, no se existe; y si no se toma partido de forma inmediata, se sospecha. Tiempos en los que opinar se ha convertido en un acto identitario y disentir, en una ofensa personal. La polarización, esa palabreja tan de moda entre tertulianos, politólogos y cualquier amigo que de pronto sabe mucho de todo, se ha instalado en nuestra vida cotidiana con una naturalidad inquietante, marcando conversaciones, relaciones y decisiones que van mucho más allá de lo político.
No se trata de una percepción exagerada ni de nostalgia por un pasado idealizado. Cada vez son más frecuentes las rupturas personales por discrepancias ideológicas. Un estudio reciente apunta que un 14% de españoles ha roto relaciones con amigos o familiares en el último año por discusiones políticas. Sí, ha leído usted bien: casi una de cada siete personas
ha terminado con una amistad o un vínculo familiar porque la conversación viró hacia política y, como suele ocurrir, nadie aceptó el empate a cero. La conversación pública se ha ido tensando hasta el punto de que escuchar al otro se interpreta como una cesión, y ceder como una derrota. En este clima, el diálogo pierde valor y el matiz desaparece.
Puede que el problema no sea la diversidad de opiniones, esa es la sal de la democracia, sino la incapacidad para escuchar de verdad. Si el objetivo es “ganar” la discusión, nadie está dispuesto a ceder. Y cuando la sola idea de dialogar se interpreta como “renunciar a mis valores”, pues apaga y vámonos. Lamentablemente, esta lógica se contagia desde el país hasta la esquina de tu barrio, pasando por el bar, el patio del colegio y, por supuesto, el grupo de WhatsApp de la familia.
Canarias no es ajena a este fenómeno. Aquí, donde el debate siempre ha sido intenso y directo, la polarización adopta una forma especialmente delicada. Discutimos sobre nuestro modelo económico, sobre el turismo, el territorio, la vivienda, la movilidad o el empleo con la pasión propia de quien sabe que se juega mucho. El problema no es ese debate, sino el marco en el que se produce. Cuando todo se reduce a posiciones irreconciliables, cuando no hay espacio para la duda ni para el término medio, las soluciones reales, que casi siempre son complejas, quedan fuera de la conversación.
Este ambiente no se limita al plano social o político; tiene consecuencias económicas claras. Una sociedad polarizada es, ante todo, una sociedad que desconfía. Y la desconfianza es un freno poderoso para la inversión y la innovación. Cuando se instala la idea de que el otro siempre actúa desde la mala fe, el empresario se vuelve más prudente, el consumidor más cauteloso y el emprendedor se lo piensa dos veces. No porque falten ideas o talento, sino porque el entorno no invita a construir proyectos. En un territorio como el nuestro, donde la economía depende en gran medida de la colaboración entre sectores, administraciones y agentes sociales, este clima resulta especialmente dañino. La fragmentación del discurso acaba traduciéndose en fragmentación de objetivo. Se empobrece el debate estratégico. Podemos mejorar cifras, pero si la cohesión social se debilita, el crecimiento pierde calidad.
Podríamos echar la culpa a las redes sociales, a los medios o a esos analistas que siempre tienen una teoría infalible sobre por qué todo está mal. Pero la verdad es que la polarización la hacemos entre todos: en cómo hablamos, cómo escuchamos y cómo elegimos nuestros líderes y representantes.
Si queremos que Canarias prospere, necesitamos volver al diálogo con mayúsculas: no al monólogo disfrazado de conversación que se ha apoderado de muchas plazas digitales y físicas. Requiere coraje: el coraje de reconocer que no todas las respuestas están en un en un titular sensacionalista ni en un vídeo de las redes sociales. El diálogo empieza con la voluntad de entender al otro sin asumir que es necesariamente un enemigo.
Porque, al final, lo que está en juego no es quién grita más alto, sino quién construye algo que perdure. Y, eso, casi nunca empieza con un muro de palabras de odio, sino con puentes de reflexión.









