12/02/2026

Liderar mientras todo cambia. Claves para tomar decisiones, cuidar al equipo y avanzar sin tener todas las respuestas
L

PRESEN SIMÓN. CONSULTORA | FORMADORA EN EJE & TALENTO

Te puede interesar

Vivimos un momento en el que la sensación de estabilidad dura muy poco. El plan del lunes queda desactualizado el miércoles, los indicadores cambian en cuestión de días y los equipos conviven con la presión de decidir sin tener el mapa completo. En este contexto, liderar ya no va de controlar todas las variables, sino de aprender a moverse con criterio en medio del movimiento.

Este tipo de liderazgo exige una combinación poco habitual: claridad y flexibilidad, firmeza y humildad, foco en los resultados y cuidado por las personas. No se trata de ser heroico/a ni de “aguantarlo todo”, sino de crear condiciones para que el equipo pueda seguir avanzando mientras el entorno se reconfigura. En lugar de esperar a que el escenario se estabilice, el liderazgo se ejerce sobre la marcha: observando, probando, corrigiendo y aprendiendo en ciclos cortos.

- Publicidad -

Las claves que aporto a continuación, buscan traducir esta idea en hábitos concretos para tomar decisiones, cuidar al equipo y avanzar sin tener todas las respuestas.

1. Claridad en lo esencial, flexibilidad en el resto

- Publicidad -

Esta claridad no elimina la incertidumbre, pero crea un marco compartido. Cuando el equipo sabe qué es irrenunciable, resulta más fácil aceptar cambios en el “cómo” o en el “cuándo”. En lugar de discutir cada giro, podéis preguntaros: “¿Sigue alineado con lo que hemos definido como esencial?”. Esa pregunta funciona como brújula cuando el entorno se vuelve ruidoso.

Un ejercicio útil consiste en responder juntos a tres cuestiones: qué no puede cambiar, qué puede adaptarse y qué estamos dispuestos a dejar de hacer. Solo este filtro ya reduce la sensación de caos y enfoca la energía.

- Publicidad -

2. Decidir sin certeza total

Ayuda explicitar los criterios de decisión. Puedes compartir con el equipo qué estás priorizando (impacto en clientes, efectos en el equipo, urgencia, riesgos) y qué alternativas has descartado. Hacer visibles estos criterios reduce la sensación de arbitrariedad y facilita que las personas comprendan decisiones con las que quizá no están de acuerdo, pero que al menos pueden entender.

También es útil marcar límites temporales: “Decidimos con lo que sepamos hasta el jueves” o “Si no ocurre X, activamos el plan B”. Así la decisión deja de vivirse como una improvisación y se convierte en un proceso gestionado. Reservar después un momento para revisar qué habéis aprendido permite ajustar sin dramatizar.

3. Pensar y trabajar en ciclos cortos

Este enfoque no significa renunciar a la visión de largo plazo, sino conectarla con pasos que puedas revisar y ajustar. La clave está en la cadencia: por ejemplo, una breve reunión quincenal para revisar qué está funcionando, qué ha cambiado fuera y qué ajustes necesitáis hacer. Esa rutina convierte el cambio en algo esperado y gestionable, no en una sucesión de sobresaltos.

Pensar por escenarios (mejor caso, caso probable, peor caso) ayuda a no depender de una sola apuesta. El equipo se acostumbra a anticipar alternativas y reacciona con menos dramatismo cuando las cosas no salen como se esperaba.

4. Comunicar con transparencia y criterio

Transparencia no significa contarlo todo sin filtro, sino distinguir entre lo que sabes, lo que todavía no sabes y lo que está en revisión.

Ponerlo en palabras (“esto es seguro; esto es probable; esto aún no está decidido”) reduce la ansiedad y evita falsas expectativas. Reconocer que no tienes todas las respuestas no te resta autoridad; al contrario, refuerza la confianza si se percibe honestidad y coherencia.

El criterio entra al seleccionar qué informar, cuándo y cómo. No se trata de descargar en el equipo toda la incertidumbre sin procesar, sino de traducir la información a lo que impacta realmente en su trabajo. Una buena guía es preguntarte: “¿Qué necesita saber hoy el equipo para trabajar mejor y no añadir más ruido?”.

5. Cuidar el clima emocional

El clima emocional se contagia: si reaccionas desde la prisa, la irritación o el miedo, esas emociones se amplifican. Parte del liderazgo consiste en gestionar tu propio estado para no sumar tensión a un entorno que ya lo es.

No se trata de fingir calma, sino de introducir pequeñas pausas: respirar antes de responder, reconocer la dificultad sin dramatizarla, agradecer el esfuerzo en un contexto exigente. A veces, un “gracias por sostener esto ahora” tiene más impacto que un gran discurso.

Cuidar el clima también implica respetar límites: organizar expectativas realistas, evitar la urgencia permanente como norma y sostener conversaciones difíciles cuando hace falta. El mensaje de fondo que recibe el equipo es: “Lo que haces importa, pero tú también importas”.

6. Escuchar como herramienta de liderazgo

Cuando nadie tiene el mapa completo, escuchar es un recurso estratégico. Y, hacerlo de forma útil, implica formular buenas preguntas (“¿Qué estás viendo que deberíamos tener en cuenta?”, “¿Dónde crees que podemos equivocarnos?”, “¿Qué te preocupa de este cambio?”) y mostrar que lo escuchado tiene consecuencias. Cuando las personas ven que sus aportaciones influyen en decisiones, aumenta la confianza y el compromiso.

La escucha sirve también para calibrar el impacto emocional de las decisiones. Preguntar cómo está afectando al equipo un cambio concreto permite ajustar ritmos, ofrecer apoyo o explicar mejor el sentido de lo que se pide.

7. Crear un entorno seguro para probar y aprender

En un entorno estable, el impulso es protegerse del error. En uno cambiante, el verdadero riesgo está en no aprender lo suficientemente rápido. Por eso es clave construir un espacio donde se pueda experimentar sin miedo a represalias desproporcionadas.

No se trata de tolerar la negligencia, sino de diferenciar entre errores honestos (al probar algo nuevo o actuar con la mejor información disponible) y falta de responsabilidad. Los primeros deberían convertirse en aprendizajes compartidos: qué hemos probado, qué hemos aprendido, qué haremos diferente. Si cada error se vive como una caza de culpables, el equipo dejará de arriesgarse y se instalará en la pasividad.

Puedes fomentar pequeños experimentos: pruebas de bajo riesgo y alta capacidad de aprendizaje, con criterios claros y tiempo acotado. Así el cambio empieza a vivirse también como oportunidad, no solo como amenaza.

8. Cuidar también al líder

Liderar mientras todo cambia es exigente y, si no se cuida, desgastante. El riesgo es convertir el liderazgo en una carrera de fondo tratada como un sprint eterno. Parte del rol consiste también en aprender a sostenerse: pedir ayuda, compartir decisiones, delegar de verdad y proteger espacios de descanso y desconexión.

Un liderazgo quemado suele derivar en cinismo, dureza o desconexión emocional, aunque la intención inicial fuera buena. Mostrarte humano, reconocer tus límites y apoyarte en otras personas no es debilidad, sino una forma de garantizar que podrás seguir aportando en el tiempo.

Liderar mientras todo cambia no es un privilegio de personas excepcionales, sino una práctica que se construye con hábitos cotidianos. Clarificar lo esencial, decidir sin certezas, trabajar en ciclos cortos, comunicar con honestidad, cuidar el clima, escuchar de verdad, aprender del error y sostenerte a ti mismo son piezas de un mismo puzle. La cuestión ya no es si estás preparado/a para un mundo cambiante, sino qué gesto concreto vas a cambiar esta semana para liderar de forma más consciente en medio de ese movimiento.

- Advertisement -

Más noticias

Más noticias