02/02/2026

¡Silencio! El ruido está matando la comunicación
¡

AIRAM ABELLA. CEO DE UEBOS COMUNICACIÓN

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Vivimos en la época en la que cualquiera puede comunicar, pero cada vez menos personas logran conectar. Publicamos más que nunca, generamos más contenido que nunca, tenemos más herramientas que nunca… y, sin embargo, el impacto real de lo que decimos es cada vez menor. El problema no es la tecnología ni la saturación de canales. El problema es que hemos confundido comunicar con cumplir expediente. Subir, publicar, enviar, actualizar. Hacer ruido para no desaparecer del feed.

Pero comunicar no es hablar. Es transformar. Y ahí es donde muchas marcas, instituciones y profesionales están perdiendo el rumbo.

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Hoy parece que lo importante es “estar”: estar en redes, estar en LinkedIn, estar en todas las plataformas, estar en la conversación. Y eso ha creado una obsesión silenciosa por producir. Publicamos porque “toca”, porque “hace días que no subo nada”, porque “el algoritmo favorece la frecuencia”. La consecuencia es evidente: miles de mensajes que suenan igual, que no dicen nada, que no dejan huella. Y un público que ya no recuerda lo que vio hace 30 segundos.

Soy el primero que defiende la inteligencia artificial como herramienta, compañero de trabajo y brújula creativa. La uso cada día, convivo con ella y me ha dado una autonomía potenciada. Pero también soy consciente de su efecto secundario: cuando no hay criterio, la IA multiplica el ruido. Lo que antes tardaba horas ahora se hace en minutos. Lo que antes se pensaba ahora se improvisa.

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Ya no hace falta saber escribir para llenar un feed. Basta con saber pedir. Y ahí está el riesgo: cuando no sabemos qué pedir, la IA tampoco sabe qué darnos. El resultado es un océano de textos perfectos y vacíos; vídeos impecables y olvidables; mensajes correctos y sin alma. La IA no es peligrosa por lo que hace, sino por lo que dejamos de hacer cuando la usamos sin pensar.

Saturados de información, pero hambrientos de sentido

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Nunca ha habido tanto contenido y tan poca conexión emocional. Cada día deslizamos el dedo por una avalancha interminable de vídeos, carruseles, newsletters, avisos institucionales y anuncios que parecen cortados por el mismo molde. Distintos colores, mismas ideas. Diferentes marcas, idéntico tono. Un ruido tan homogéneo que termina cancelándose a sí mismo.

Estamos expuestos a una dieta constante de información ultraprocesada: fácil de consumir, rápida de producir y olvidable al instante. La saturación ha hecho que lo impactante deje de impactar y que lo creativo deje de sorprender. Nada está hecho para durar. Nada está hecho para ser recordado. La mayoría del contenido no nace para transformar, sino para cumplir: llenar un hueco en el calendario, no un espacio en la memoria.

Y en medio de todo ese ruido, el público empieza a desarrollar una especie de “anestesia emocional”. Ya no reaccionamos igual. Nos cuesta más conectar, nos cuesta más sentir, nos cuesta más creer. El impacto se diluye, la atención se acorta, la confianza se erosiona.

Por eso la gente ya no quiere mensajes perfectos. Huir de la perfección se ha convertido casi en un acto de supervivencia. Lo que buscan ahora es honestidad: que alguien les hable con claridad, que reconozca lo que está haciendo, que cuente algo que realmente importe. Algo que no suene a plantilla, que no huela a automático, que no pueda generar una máquina en 15 segundos.

Vivimos una paradoja curiosa: nunca ha habido tanta gente comunicando y, sin embargo, nunca nos hemos sentido tan desconectados. Conversaciones llenas de palabras pero vacías de significado. Un mundo donde hablamos más… pero decimos menos. Donde contamos más… pero conectamos menos. Donde está todo el mundo emitiendo… y casi nadie escuchando.

Y quizá por eso, cuando aparece un mensaje auténtico, uno de esos que no gritan, pero llegan, nos detenemos. Porque en la saturación, lo escaso vuelve a ser valioso: la intención, la humanidad y el sentido.

La única ventaja real, la humana

En un mundo donde cualquiera puede crear contenido en segundos, donde los formatos se automatizan, donde los textos se generan en masa y donde la IA escribe, la diferencia vuelve a estar en lo único que no se puede programar: lo humano.

Hemos llegado a un punto en el que la tecnología ha nivelado el terreno. Ya no gana quien tiene más recursos, ni quien publica más, ni quien posee el software más caro. Hoy cualquier empresa puede producir un vídeo atractivo, redactar un post correcto, lanzar una campaña “resultona” o generar un informe impecable en cuestión de minutos. La accesibilidad es total. El talento técnico, casi irrelevante.

Por eso, la ventaja competitiva real ya no está en el cómo se crea, sino en el desde dónde se crea. Ahí entran en juego tus verdaderos algoritmos:

El criterio: La capacidad de decidir qué sí y qué no. Qué suma y qué sobra. Qué aporta y qué estorba. El criterio es el filtro que ninguna IA puede replicar, porque nace de la experiencia, del contexto y de una comprensión profunda del propósito.

La sensibilidad: Esa intuición suave pero contundente que te dice cuándo un mensaje conecta, cuándo una historia emociona o cuándo una pieza se siente “vacía”. La IA puede imitar emociones, pero no sentirlas. Puede copiar estructuras, pero no entender matices. La sensibilidad humana sigue siendo el ingrediente que separa lo correcto de lo memorable.

La claridad: En un entorno saturado, la claridad es un acto de generosidad. Es ser capaz de explicar lo complejo sin adornos, de traducir lo técnico sin perder precisión y de comunicar sin ruido. La claridad no es simplicidad: es inteligencia aplicada al mensaje.

La intención: Quizá el valor más infravalorado. Comunicar con intención es preguntarse “¿para qué digo esto?” antes de preguntarse “¿cuándo lo publico?”. Es entender que cada palabra tiene un impacto, que cada pieza construye o erosiona algo. La intención es el antídoto contra la comunicación
vacía.

Estos cuatro elementos son tu ventaja real, son tus algoritmos competitivos. Los únicos que seguirán funcionando cuando pase la moda de la herramienta, del formato o del algoritmo de turno.

Las empresas que comprendan esto dejarán de producir contenido por inercia y empezarán a generar mensajes con propósito. Volverán a la raíz: pensar antes de publicar, sentir antes de escribir, observar antes de emitir. Entenderán que comunicar no es generar volumen, sino provocar un efecto. No es llenar bandejas de entrada, sino generar sentido.

Las otras, las que sigan corriendo detrás del algoritmo como quien persigue una sombra, seguirán acumulando publicaciones, métricas vacías, visualizaciones sin recuerdo… y la misma pregunta de siempre: ¿Por qué no conectamos con nadie?”

La respuesta es sencilla: porque no basta con estar presentes. Hay que estar vivos. Porque básicamente, comunicar no es hablar, es transformar. No fallan las herramientas, falla la intención. Si volvemos a la claridad y a lo humano, dejaremos de hacer ruido para generar impacto. Porque al final no conecta lo que dices, sino lo que haces sentir.

Y hoy, justo cuando cumplo mi primer año escribiendo aquí, solo puedo dar las gracias a Tribuna de Canarias por confiar en mi voz. Este espacio me ha permitido crecer, pensar y compartir. Ojalá sigamos caminando juntos muchos años más.

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