No se puede abordar con seriedad el debate sobre salarios y productividad sin mirar de frente la realidad de las empresas, especialmente en Canarias, donde los sobrecostes estructurales y el absentismo condicionan de forma directa la viabilidad de cualquier actividad económica.
Pongamos un ejemplo sencillo: una empresa de 10 trabajadores, con un salario medio de 20.000 euros anuales, soporta un coste empresarial aproximado de 260.000 euros al año. Si a eso añadimos el absentismo, la factura del trabajo no realizado ya es importante. En el conjunto de España, con una tasa del 6%, ese coste improductivo rondaría los 15.600 euros. En Canarias, con un absentismo del 9,1%, asciende a 23.660 euros.
Ahora bien, si esa misma empresa afronta una subida salarial del 30%, el coste total de plantilla se dispara hasta los 338.000 euros anuales. Y con ello también aumenta el impacto económico del absentismo: en el caso de Canarias, el coste del trabajo no realizado se situaría por encima de los 30.700 euros al año.
En términos globales, el incremento real de costes supera con facilidad los 85.000 euros anuales. Y aquí aparece el elemento clave de este debate: para absorber ese aumento, la empresa no necesita una ligera mejora de su rendimiento, sino un salto estructural de productividad de en torno al 30%.
Ese es el dato que no puede ocultarse. No estamos hablando de un ajuste marginal ni de
una corrección menor. Estamos hablando de exigir a miles de pequeñas y medianas
empresas que produzcan un 30% más para sostener el nuevo equilibrio de costes, en un
contexto donde siguen sin resolverse factores que lastran su capacidad competitiva, como
el absentismo, el reducido tamaño empresarial o las dificultades para ganar eficiencia
operativa.
Subir salarios puede formar parte de la solución, pero nunca será una solución completa
si no va acompañada de medidas reales para mejorar la productividad. Porque no se puede
reclamar convergencia en renta y competitividad mientras se incrementan los costes
estructurales sin actuar sobre los problemas de fondo.
Cuando eso ocurre, el riesgo es evidente: lejos de fortalecerse el tejido productivo, lo que
se deteriora es la competitividad de nuestras empresas.










