Deberíamos de empezar a dar a nuestros aeropuertos la importancia que realmente tienen en un territorio insular como el nuestro, en el que precisamente por esa insularidad sumada a la lejanía del continente, nos impiden contar con alternativas de transporte terrestre o ferroviario de ninguna clase. Es decir, en un territorio ultraperiférico, la conectividad aérea es en gran medida el equivalente a una red de autopistas en el continente, que no sólo es la forma a través de la cual llegan los turistas a nuestras islas si no también la infraestructura básica para la movilidad de los residentes, un soporte básico de nuestra actividad empresarial y del comercio exterior, entre algunas utilidades más que atribuir al transporte aéreo hacia y desde nuestro archipiélago.
Empecemos por el turismo, dada su importancia sobre el PIB canario y derivado de ello sobre el empleo, y es que una menor frecuencia de rutas aéreas suponen un descenso en el número de llegadas de turistas nacionales e internacionales, un encarecimiento del billete por reducción de la oferta y por todo ello una pérdida de competitividad frente a destinos competidores del Mediterráneo o Marruecos. Por lo que urge y es necesario que entre organismos públicos turísticos y aerolíneas se sumen esfuerzos para ampliar y evitar que en ningún caso se reduzcan las conexiones aéreas con mercados emisores clave para nuestras islas, como son Reino Unido, Alemania o países nórdicos entre otros, evitando así que el destino pueda perder visibilidad o facilidad de acceso, dando una ventaja a nuestros competidores, que les puedo asegurar que no desaprovecharán.
Trascendiendo lo exclusivamente turístico y añadiendo otras variables, es capital tener en cuenta que el transporte aéreo genera de manera inmediata un efecto multiplicador en el empleo, que trasciende al generado en aeropuertos y líneas aéreas y que evidentemente impacta no solo de forma directa en la hotelería y en sector alojativo en general, en la restauración o el comercio minorista, si no también en el transporte terrestre, ocio y actividades complementarias, distribución de alimentos y bebidas, maquinaria…y un muy largo etcétera, que quizás requeriría por la importancia del tema de otro artículo que de forma exclusiva abordase el porqué cuidar del transporte aéreo en particular y del turismo en general, es algo fundamental para la estructura económica y laboral de nuestra tierra.
Otra motivación también fundamental para priorizar las conexiones aéreas, debería ser el considerar la conectividad como un derecho funcional para quienes vivimos en el archipiélago, dadas las implicaciones que tiene sobre cualquier desplazamiento por motivos médicos o familiares, cursar estudios de cualquier tipo tanto en la península como en países extranjeros, o también y no menos importante, para promover el desarrollo de la actividad empresarial, más allá de la industria del turismo y el ocio.
De todo esto se puede extraer que nuestra competitividad y posicionamiento internacional dependen del sector del transporte aéreo y de toda la infraestructura que lo sustenta, por lo que su buena marcha reduce vulnerabilidades y aumenta el desarrollo, dado que guste o no, la dependencia de este factor es estructural, debiendo tener en cuenta desde todos los actores implicados que conectividad aérea = marca destino y que por ello la importancia de contar con acuerdos estratégicos con aerolíneas es algo de capital importancia, a la par que como nuestros aeropuertos funcionan como nodos críticos de flujos turísticos y empresariales, la pérdida de rutas o contar con una infraestructura no adecuada puede alterar los equilibrios internos y un empeoramiento de nuestra posición económica y social.
Evidentemente todo esto debería ser suficiente para que desde una perspectiva pública de este tema, los entes públicos que participan en esta gestión, creasen buenos incentivos a las aerolíneas para mantener y aumentar conexiones y frecuencias, propiciasen reducciones en las tasas y no añadiesen ningún tipo de coste a las empresas que hacen posible todo ese tráfico aéreo y terrestre hacia, desde y en los aeropuertos canarios. Y sobre todo y no menos importante, que no añadiesen trabas que complicasen las operaciones en ninguna de las áreas de los aeropuertos, ya sea en control de pasaportes, cintas de equipaje, parkings y gestión del transporte terrestre desde el aeropuerto… etc.
En cualquier caso, habría que ver la reducción de la conectividad no como algo coyuntural sino más bien como un riesgo estructural para la economía canaria y por ello para sus equilibrios sociales, poniendo en primer plano que en territorios insulares como el nuestro, el transporte aéreo y su frecuencia no son una mera condición más a tener en cuenta, si no muy al contrario condición fundamental de desarrollo.











