28/02/2024

Despertar las conciencias que arranquen los motores del cambio
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Vivimos en una época que se analizará históricamente como una etapa de cambio, de transición, de reordenación y reescritura de muchas costumbres y vivencias que dábamos por hechas o por constantes. Una etapa en la que nuestros hijos y nietos juzgarán implacables qué hizo la generación de sus padres y abuelos ante los desafíos a los que se enfrentaban. Porque si algo nos han enseñado las circunstancias últimamente a los habitantes de este planeta, y de estas islas, es que lo único inamovible y constante son las leyes de la física. La ciencia avanza, los analistas y tertulianos son cada vez más precisos y perspicaces en su análisis, y la información que nos rodea es cada vez más amplia y accesible; lo que raramente podemos cambiar son los hechos.

Citando a Lemony Snicket, las circunstancias que nos han golpeado desde el inicio del 2020 han sido “una serie de catastróficas desdichas” que han llevado al mundo, y a Canarias a un contexto imposible de haber predicho. Vivimos una vorágine mediática en la que lo urgente solapa siempre a lo importante. El titular, el sensacionalismo, la primera impresión, el mayor impacto posible… y pasamos a otra cosa. No nos detenemos de verdad a reflexionar las connotaciones de las miles de cosas buenas y malas que suceden. A veces ni siquiera nos paramos un segundo a reflexionar si lo que estamos viendo o leyendo es o no cierto. Simplemente estamos ansiosos de leer un titular que nos impacte más que el anterior, para compartirlo rápidamente, los primeros, por WhatsApp con un original comentario al pie del enlace a una noticia que probablemente no habremos abierto para leerla con detenimiento antes de reenviarla.

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Estamos perdiendo la capacidad de sentir, de empatizar, de ponernos en la piel de las personas que están detrás de las cifras, y hasta cierto punto es lógico… no estamos hechos para procesar tanto en tan poco tiempo. En este contexto preguntas que rondan mi cabeza desde hace tiempo son dos: ¿Cabe espacio para el optimismo? y, ¿Cuáles son los cimientos sobre los que debemos construir el futuro? Existen personas que todos los días, con la mirada puesta en el progreso y en un futuro más próspero, madrugan y dan lo mejor de sí mismos a diario. Ayudan a su círculo a vivir un poquito mejor y dejan buena huella con una sonrisa, un cuidado a un niño o a un anciano, simplemente un “gracias”. En este contexto que vivimos para mí, estas personas son auténticos héroes. Seres verdaderamente resilientes y estoicos que inspiran a muchas personas sin saberlo a generar más espacios en los que la ilusión y el optimismo nos vuelvan a conquistar. Porque nunca se sabe a quien se puede ayudar simplemente con una sonrisa…

Creo que el bombardeo mediático nos puede hacer pensar a priori, que ya no vale la pena ser optimista. Motivos para llegar a esta conclusión no faltan: cambio climático, pandemia, una invasión atroz liderada por un sátrapa y completamente injustificada contra un país soberano en Europa más una amenaza nuclear… desde luego el panorama no es halagüeño. Sin embargo, considero que si algo caracteriza al ser humano es que en los momentos de mayor dificultad, cuando parece que todos los principios se tambalean es cuando las personas toman conciencia de su capacidad para generar el cambio.

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Cuando un terremoto agita un edificio las plantas más bajas son las que menos sufren el movimiento, pues éstas se construyen más cerca de los cimientos. Pero si los cimientos no son sólidos el edificio colapsará y caerá. Al igual que en este caso, creo que cuanto más nos aproximemos a los principios y a los valores que como sociedad nos hemos impuesto, mejor resistiremos el seísmo que globalmente vivimos. Nuestra fortaleza se asienta sobre dos grandes ejes: por una parte, la educación que impartimos como sociedad a nuestros niños y niñas desde su primer año de infantil hasta que ya son hombres y mujeres en su último curso; y por otra parte los valores que enseñamos a través de la cultura. Es por este motivo por el que creo que la educación y la cultura despiertan las conciencias que arrancan los motores del cambio.

En este proceso, los empresarios tienen una enorme responsabilidad. No cabe ser cortoplacista, hay que inspirar, contribuir a generar y fortalecer estos principios, apostar por la industria cultural como pilar sólido de nuestra democracia y como adalid para la libertad, para el pensamiento, en definitiva para la razón que tanto falta. Las empresas, y especialmente las pymes son la base del sistema y encarnan la esencia de los principios y valores de nuestra sociedad occidental. Representan la valentía del que emprende, la osadía del que sueña con hacer crecer su negocio y la esperanza de quien trabaja todos los días con empeño para sacar adelante una empresa que no solamente sostiene a su propietario, sino a muchas familias, clientes, proveedores y servicios públicos con sus impuestos. Es por eso por lo que creo que los empresarios tenemos la obligación de seguir inspirando, animando y apoyando a los jóvenes a formarse, a educarse y a culturizarse, para que cuando ellos sean quienes tomen las riendas de nuestro tejido empresarial, lo hagan con responsabilidad, con un compromiso con el progreso y con la sostenibilidad.

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 Un compromiso con un mundo más próspero y libre. Porque no hay nada, absolutamente nada más valioso para una nación, que una sociedad culta; una sociedad a la que no se pueda engañar con mensajes populistas ni con discursos sensacionalistas, unas gentes con capacidad de análisis, con recursos para sentir y dirimir entre lo que es justo y lo que no lo es, en definitiva; una sociedad formada por personas libres que toman las riendas de su futuro.

Está en nuestras manos.

ALBERTO DIETER, DELEGADO DE FACTORÍA DE COHESIÓN CIUDAD-PUERTO

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