En un territorio como Canarias donde el suelo es limitado, ¿cree que la agrovoltaica puede ser una solución clave para integrar agricultura y energía renovable de forma eficiente?
Canarias presenta condiciones muy favorables para el desarrollo agrovoltaico: alta radiación solar, escasez de suelo y un sector agrario expuesto a condiciones climáticas
exigentes, junto con la necesidad de avanzar en renovables.
La agrovoltaica permite compatibilizar agricultura y energía mediante un uso dual del suelo, aportando sombra, protección climática y generación eléctrica para la propia explotación o su entorno.
Además, el alto nivel de suelo agrícola en abandono abre una oportunidad para proyectos compatibles con la actividad agraria. El nuevo marco de autoconsumo facilita instalaciones de hasta 5 MW en terreno agrícola, útiles para consumos industriales diurnos y alejados de la red. Con una correcta planificación y auditoría agrovoltaica, es posible optimizar el cultivo y contribuir a la transición energética del archipiélago.
Como CEO de Metal Frame Renovables, ¿qué beneficios concretos aporta
el autoconsumo fotovoltaico al sector
primario?
El autoconsumo fotovoltaico permite a agricultores y ganaderos reducir su factura energética en procesos clave como riego, bombeo, frío u ordeño, mejorando directamente sus márgenes y competitividad. Este ahorro facilita la modernización de las explotaciones y reduce su vulnerabilidad ante la subida de costes.
El nuevo marco del RDL 7/2026 impulsa el autoconsumo colectivo y de proximidad, ampliando el radio hasta 5.000 metros y favoreciendo modelos compartidos entre cooperativas, comunidades de regantes o pequeños polos agroindustriales.
En Canarias, donde existe suelo agrícola infrautilizado y limitaciones para plantas fotovoltaicas convencionales, la agrovoltaica ofrece una alternativa: integrar energía y actividad agraria sin sustituir el uso del suelo, sino reforzándolo. Se trata de una oportunidad económica, ambiental y territorial: reduce costes, mejora la sostenibilidad y activa el medio rural. Su desarrollo, no obstante, debe ser riguroso y adaptado a cada explotación, considerando cultivo, agua, consumo y normativa.
Uno de los principales retos de la transición energética es el uso eficiente del suelo. ¿Qué modelos o tecnologías permiten compatibilizar la actividad agrícola con las instalaciones solares sin afectar la productividad del campo?
Uno de los modelos más claros es la agrovoltaica, que permite compatibilizar la producción agrícola con la generación solar en una misma superficie, siempre que el diseño priorice el cultivo como actividad principal.
Existen distintas soluciones para ello, como estructuras elevadas que permiten el
trabajo agrícola bajo los módulos respetando el paso de maquinaria, sistemas con separación entre filas adaptados al marco de plantación, o instalaciones con seguidores solares que ajustan la inclinación de los paneles para modular la sombra según la época del año o las necesidades del cultivo. También puede integrarse la fotovoltaica en invernaderos o estructuras agrícolas existentes sin comprometer la productividad.
En conjunto, la agrovoltaica bien diseñada parte del cultivo y no del módulo, permitiendo
un doble uso del suelo que mantiene la producción agrícola, genera energía renovable y puede mejorar condiciones como el estrés térmico o la eficiencia en el uso del agua.
En su opinión, ¿cómo está evolucionando la relación entre el sector primario y las energías renovables en Canarias? ¿Percibe mayor concienciación y apertura por parte de agricultores y cooperativas hacia estas soluciones?
En Canarias se está produciendo un cambio de percepción sobre la agrovoltaica. Aunque el
sector primario ha sido prudente por el riesgo de pérdida de suelo o sustitución de la actividad agraria, cada vez hay más interés cuando se plantea como una herramienta para mejorar la viabilidad de las explotaciones.
En un contexto de alta radiación solar, escasez de suelo, presión hídrica y elevados
costes energéticos, la generación de energía compatible con la agricultura se percibe como
una oportunidad real.
Este cambio se refuerza con el impulso institucional, a través de ayudas, una mesa de trabajo específica y la tramitación de un reglamento para regular las explotaciones agrovoltaicas y compatibilizar producción agraria y renovables. En conjunto, la aceptación crece, condicionada a tres factores: control del agricultor, no afectación a la productividad y un marco normativo claro.
¿Qué impacto económico y social puede tener esta integración campo-energía en el sector primario canario?
La integración campo-energía puede tener un impacto muy relevante en el sector
primario canario, siempre que la agricultura siga siendo la actividad principal.
La agrovoltaica permite diversificar ingresos, reducir costes energéticos del riego y mejorar la viabilidad de explotaciones con márgenes ajustados, además de abrir oportunidades para cooperativas y comunidades de regantes. A nivel social, ayuda a mantener actividad en el medio rural, generar empleo y reforzar el papel del agricultor en la transición energética. En el plano territorial, el doble uso del suelo es clave en Canarias, al compatibilizar producción agrícola y energética y reducir conflictos entre usos del territorio. El marco de ayudas y regulación, junto con la elegibilidad agraria cuando la agricultura es prioritaria, aporta seguridad al sector.
En conjunto, su impacto puede ser muy positivo si se diseña correctamente: más rentabilidad, resiliencia climática, autonomía energética y dinamización del medio rural.
Finalmente, ¿podría compartir algún caso de éxito que muestre resultados reales de la agrovoltaica y el autoconsumo en el sector agrícola y la transición energética?
Un buen ejemplo es el proyecto agrivoltaico Las Norias, en Extremadura, que muestra cómo producir energía renovable sin desplazar la actividad agrícola. En una explotación de olivar en seto superintensivo se integraron seguidores solares entre las filas del cultivo, diseñando la solución a medida en función de separaciones, alturas, sombras y paso de maquinaria. La configuración final, con 10 metros entre filas y 2,5 metros de altura, permitió compatibilizar el desarrollo del olivar con una planta de 2,3 MW.
Desde el punto de vista agronómico, se comprobó que la reducción de radiación no comprometía el cultivo, especialmente en periodos de menor actividad vegetativa, reforzando que la agricultura debe seguir siendo la base del sistema.
A nivel energético, este modelo permite diversificar ingresos y reducir la dependencia de costes energéticos volátiles.
En conjunto, el valor del proyecto está en demostrar que agricultura y energía pueden
convivir y reforzarse cuando el diseño se adapta al cultivo.











