HAL 9000 es el acrónimo de Heuristically Programmed Algorithmic Computer. Para muchos, es solo el computador de a bordo de 2001: Una odisea del espacio, la novela de 1968 que Stanley Kubrick transformó en cine de culto. Sin embargo, hoy HAL es algo más: es un espejo.
En la ficción, HAL controla las funciones vitales de la nave con una inteligencia artificial que evoluciona —con lo bueno y con lo malo— al aprender de sí misma. Aunque es una máquina heurística, capaz de simular el pensamiento humano, su programación original es inflexible: debe cumplir los planes trazados sin objeciones. Por eso, HAL termina eliminando a los escépticos y a quienes dudan, clasificándolos simplemente como «mecanismos fallidos».
Hoy, tenemos a «HAL» en todas partes. Decenas de IAs nos dictan cómo escribir, cómo aprender idiomas, cómo relacionarnos, programar o trabajar. Esta semana leí que los desarrolladores de Claude están implementando instrucciones para que la IA se autoprograme. Es un suicidio profesional o, al menos, un trabalenguas distópico: si Claude se programa a sí misma, ¿qué programador programará la autoprogramación para que ningún programador tenga que programar?
La tecnología avanza a un ritmo frenético: Google ya integra traducción automática en tiempo real en sus auriculares y yo mismo utilizo Plaud, una grabadora que transforma cualquier charla en informes estructurados. Quien más, quien menos, ya usa la IA para aliviar su carga de trabajo. Yo lo hago en mis ratos libres; y aunque los resultados a veces son dudosos, mejoran cada día. Recientemente, alimenté el NotebookLM de Google con notas y sentencias, y en menos de un minuto generó una presentación impecable. Adiós al PowerPoint.
En el despacho se lo advierto a los abogados jóvenes: «Espabilad, u os comerá Chat- GPT». No es una amenaza vacía; muchas tareas que antes justificaban el sueldo de un junior ahora las resuelven mejor —y más rápido— herramientas como Gemini o Grok. Conozco a un abogado veterano, más cerca de la jubilación que de la madurez, que ya usa ChatGPT con soltura, y a otro más joven que somete sus prompts a cuatro IAs distintas para comparar y elegir la respuesta más refinada.
Sin embargo, resulta paradójico que, con toda esta revolución digital a nuestro alcance, seamos incapaces de detectar las ineficiencias de nuestra propia Administración. No parecemos querer detectar los «mecanismos fallidos» para eliminarlos… a menos que hablemos de la AEAT. Hacienda debe tener la mejor IA del mundo, infalible para detectar errores, contradicciones y cualquier pista que les permita revisarte la cuenta.
Si aplicáramos ese análisis de «mecanismos fallidos» a la seguridad jurídica en España, el sistema saltaría por los aires con la virulencia de un volcán. El tema estrella es la vivienda, adornado con una polarización artificial entre boomers, millennials y Generación Z; etiquetas que solo sirven para desplazar la responsabilidad política de no construir ni fomentar el alquiler.
El Gobierno dictó recientemente un nuevo Real Decreto-Ley de medidas de alquiler, justificándolo en las consecuencias de la guerra en Irán. Lo primero que impone es la prórroga extraordinaria de los contratos. Hace tiempo que la propiedad privada parece un concepto difuso: el propietario ya no dispone de su bien, sino que se le impone la obligación de mantener al inquilino. A esto se une la limitación de rentas: el coste de la vida sube un 10%, el SMI un 50%, pero tu renta sólo puede subir un 2%. Porque ellos lo dicen.
Desde el punto de vista jurídico, no solo se desdibuja la propiedad, sino que se castiga al arrendatario con la incertidumbre: ¿Se convalidará el decreto? ¿Qué pasa si lo solicito en plazo y luego no se ratifica? Vivimos en el abuso del Decreto-Ley y de una «extraordinaria y urgente necesidad» que ya nadie se cree. Ver lo que se hace hoy con el derecho dejaría a juristas como Villar Palasí en estado de shock. El respeto por los principios básicos del Derecho se ha convertido en una película de terror.
La excusa ahora es el conflicto en el Golfo Pérsico y la subida energética… pero los impuestos no bajan. Es curioso: a los autónomos que facturaban menos de 85.000 euros se les obligó a cobrar IVA pese a que la normativa europea decía lo contrario. Al parecer, las normas de Europa solo son de obligado cumplimiento cuando sirven para que el ciudadano pague; si es para que deje de pagar, pueden esperar. En este escenario, HAL 9000 se sentiría como en casa. Al fin y al cabo, el sistema actual prefiere eliminar la lógica antes que reconocer que el plan ha fallado.










