17/04/2026

Harto de la IA
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Airam Abella - Formador y consultor en comunicación

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Estoy harto de la inteligencia artificial. O mejor dicho, estoy harto de cómo se está usando. Porque el problema nunca ha sido la herramienta, sino lo que decidimos hacer con ella.

El mayor error al analizar la inteligencia artificial no es sobreestimarla, sino interpretarla mal. En este debate se repite un fallo de diagnóstico constante: se analiza la tecnología cuando habría que analizar a quien la utiliza. Se señala la herramienta cuando el problema está en el criterio. Y se habla de un supuesto descenso del nivel profesional cuando, en realidad, lo que está ocurriendo es exactamente lo contrario. La inteligencia artificial no está bajando el nivel. Está haciendo visible quién ya estaba por debajo.

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Nunca antes una tecnología se había adoptado tan rápido. En menos de dos meses, herramientas como ChatGPT superaron los 100 millones de usuarios. El acceso se democratizó de forma masiva. Y con ello, también la ilusión de dominio. Desde que estas y otras herramientas se volvieron accesibles para cualquier persona con conexión a internet, se ha instalado una falsa sensación de dominio… y con ella, también la ilusión de control. La idea de que “ya sé usar inteligencia artificial” se ha normalizado con una rapidez preocupante. Pero conviene preguntarse qué significa realmente eso. ¿Haber visto tres vídeos? ¿Escribir dos prompts básicos? ¿Copiar lo que hace otro?

Usar inteligencia artificial no es escribir un prompt. Es saber qué pedir, por qué pedirlo y qué hacer con lo que recibes. Implica contexto, criterio, dirección y, sobre todo, capacidad de evaluación. Porque la IA no piensa por ti, no toma decisiones ni entiende de estrategia. Solo ejecuta. Y cuando no hay una intención clara detrás, el resultado no es neutro. Es mediocre.

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El problema es que hoy es muy fácil tener la sensación de que sabes… sin saber realmente.

El engaño de criterio

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Estamos viendo una avalancha de contenido generado con inteligencia artificial que no cumple estándares mínimos de calidad. Imágenes sin coherencia, composiciones desequilibradas, textos mal integrados, errores tipográficos incrustados en creatividades. Piezas que, en cualquier otro contexto, no habrían sido publicadas. Y, sin embargo, se publican. Porque ahora se puede producir rápido. Sin fricción. En segundos. La capacidad de generar ha superado a la capacidad de filtrar. Nunca se ha producido tanto contenido en tan poco tiempo. Y nunca ha sido tan difícil distinguir qué merece la pena.

Conviene recordar algo básico: la inteligencia artificial no genera contenido feo. Genera exactamente lo que se le pide. Cuando el resultado es deficiente, no estamos ante un fallo tecnológico. Estamos ante una ejecución sin dirección.

Lo preocupante no es que cualquiera publique sin criterio. Eso siempre ha ocurrido. Lo verdaderamente relevante es que perfiles que durante años han defendido la calidad, ahora validen resultados que contradicen su propio discurso. Profesionales que, con una herramienta que podría potenciar todo lo que construyeron, están haciendo justo lo contrario. Publican sin revisar. Aceptan resultados sin criterio. Confunden rapidez con eficiencia. Y rompen algo mucho más importante: la coherencia.

Porque la inteligencia artificial no sustituye el criterio. Lo expone. Y cuando una herramienta amplifica la capacidad de producción, también amplifica las carencias. No las corrige. Las hace evidentes.

Nunca ha sido tan fácil parecer profesional sin serlo. Y eso no es solo un problema de calidad. Es un problema de posicionamiento. Porque quien hoy normaliza la mediocridad, mañana será irrelevante.

Un cambio de sistema

Mientras este uso superficial se extiende, hay otra realidad que avanza en paralelo y que, en muchos casos, pasa desapercibida. No estamos ante una tendencia. Estamos ante una reconfiguración del sistema productivo. Las grandes compañías destinan recursos sin precedentes al desarrollo de modelos, a la mejora de capacidades y a la construcción de infraestructuras basadas en inteligencia artificial. Se compite por talento, por capacidad de cómputo y por velocidad. Microsoft, Amazon y Google no están experimentando, están apostando miles de millones para liderar la inteligencia artificial. No es una carrera tecnológica más. Es una disputa por definir cómo se va a trabajar en los próximos años.

Mientras algunos la emplean para generar contenido sin intención, otros la integran en procesos estratégicos, optimizan decisiones, reducen tiempos y construyen nuevas propuestas de valor. Esa distancia no es incremental, es exponencial. No entender esto no es quedarse atrás, sino fuera.

Este cambio también es personal. Hace no tanto, nada más desbloquear mi móvil podías ver las típicas apps de redes sociales, así como buscadores. Plataformas diseñadas para consumir contenido, para captar atención, para absorber lo que otros producían. Hoy esa pantalla ha cambiado y ahora tengo ChatGPT, Claude, Gemini o NotebookLM entre otras. He pasado de consumir contenido a consultar inteligencia.

Ya no busco entretenimiento. Busco respuestas, contexto, ayuda para pensar, para estructurar, para decidir. Y eso cambia completamente la relación con la tecnología. No es un caso aislado. Cada vez más usuarios sustituyen buscadores tradicionales por sistemas de inteligencia artificial que no solo responden, sino que estructuran y acompañan en la toma de decisiones. Porque ya no se trata solo de lo que ves. Se trata de cómo trabajas, cómo aprendes y cómo produces.

En ese nuevo escenario conviene desmontar otro mito: que la inteligencia artificial iguala el punto de partida. Para nada, lo amplifica. Quien tiene criterio lo potencia y quien no lo evidencia. La diferencia no desaparece con el acceso, se multiplica. Y eso redefine completamente qué significa ser profesional.

Lo que la luz revela

Hay otro fenómeno que merece atención: la ilusión de productividad. Nunca ha sido tan fácil producir tanto contenido. Pero producir no es lo mismo que aportar. Publicar más no implica comunicar mejor. Generar más no significa construir más. La inteligencia artificial permite hacer más, pero sigue siendo responsabilidad del profesional decidir si ese “más” tiene sentido. Sin criterio, la productividad se convierte en ruido.

Mientras escribo estas líneas, soy consciente de algo incómodo: este artículo probablemente lo leerán menos personas que cualquier vídeo rápido generado con inteligencia artificial y publicado sin demasiado criterio. Las plataformas ya premian el contenido rápido, fácil de consumir y de baja fricción. Y la inteligencia artificial ha acelerado ese modelo hasta el extremo.

La inteligencia artificial no está creando un problema nuevo. Está revelando incoherencias que ya existían. Está mostrando quién tiene criterio y quién no. Quién entiende su trabajo y quién solo lo ejecutaba por inercia. La tecnología no sustituye la responsabilidad profesional, la expone.

Y en este nuevo escenario, ya no basta con parecer profesional. Hay que serlo de verdad.

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