08/05/2026

La trampa del «todavía un poco más»: cómo la productividad se ha convertido en nuestro peor hábito
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PRESEN SIMÓN. CONSULTORA | FORMADORA EN EJE & TALENTO

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Son casi las once de la noche. Sigues frente a la pantalla, con una pestaña del navegador abierta por pura inercia y esa notificación de Slack que llevas un rato ignorando, aunque el simple hecho de verla ahí ya te drena la energía. No estás descansando.

Sin embargo, tampoco estás logrando nada significativo. Te encuentras en esa zona gris de la vida moderna que a veces llamas «disponibilidad» y que, en la práctica, no es más que una jornada laboral mal gestionada que se cuela en tu tiempo personal. Si este escenario te resulta familiar, no estás solo. Formas parte de una cultura donde el acceso al descanso parece condicionado a un rendimiento previo que nunca llega a ser suficiente. Pagas la entrada a este club con agotamiento y, a largo plazo, con tu propia salud.

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Cuando la virtud se vuelve veneno

Hemos crecido creyendo que el esfuerzo define el valor. Que quien más trabaja, más merece. Frases que quedan bien enmarcadas en una pared de oficina y que, llevadas al extremo, se convierten en la justificación perfecta para no parar nunca.

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La productividad tóxica no es trabajar mucho. Es no poder sentirse bien sin estar siendo productivo. Es la culpa que aparece cuando te tomas una tarde libre. Revisar el email a las 7 de la mañana antes de haber dicho buenos días a nadie. Medir tu valía por el número de tareas tachadas y no por cómo te encuentras al final del día.

La psicoterapeuta Israa Nasir lo define como la obsesión por optimizarlo todo, incluyendo el tiempo de ocio. Y aquí está el matiz más retorcido del asunto: hay personas que convierten el descanso en otra tarea que hay que ejecutar bien. «Veinte minutos de meditación, luego lectura enriquecedora, luego caminata de paso ligero.» Eso no es descanso. Es otra jornada laboral con ropa de deporte.

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Los números incomodan

El 25% de las personas trabajadoras en España ya no cree tener personalidad fuera del trabajo. No es una metáfora. Literalmente no saben quiénes son cuando no están siendo productivas. El 65% sueña con dejarlo todo y empezar desde cero. El 60% dice que su tiempo libre lo dedica a recuperarse del trabajo, no a disfrutarlo.

Y luego está esto: España lidera el consumo europeo de benzodiacepinas, con 111 dosis diarias por cada 1.000 habitantes. No estamos descansando. Nos estamos medicando para poder seguir.

Eso no es ambición. Es una trampa con muy buena prensa.

El cerebro también tiene su parte de culpa

La psicóloga clínica Kathryn Esquer señala algo que cuesta un poco asumir: ser productivo genera dopamina. El mismo neurotransmisor del placer y la recompensa que activa, entre otras cosas, las adicciones. Cada tarea completada, cada email respondido, cada objetivo tachado produce una pequeña descarga de bienestar. El cerebro aprende rápido. Aprende que hacer cosas se siente bien y que parar deja un hueco incómodo donde a veces aparecen pensamientos que preferiríamos evitar.

Dicho de otro modo: la hiperproductividad no siempre es un problema de agenda. A menudo es un mecanismo de evitación. Una forma de no sentarnos con nosotras y nosotros mismos. Lo cual explicaría, por cierto, por qué hay personas capaces de reorganizar archivos de hace cuatro años antes que hacer una llamada pendiente.

Lo que el camino se lleva por delante

Nadie llega aquí de golpe. Es un proceso tan gradual que cuando lo vemos, ya llevamos años sin hacer nada que no «sirva para algo». Las aficiones desaparecen. Las relaciones se gestionan como proyectos. El cuerpo empieza a protestar: insomnio, tensión, ese cansancio raro que no se va aunque hayas dormido.

Y aquí aparece uno de los fenómenos más silenciosos del mundo laboral actual: el presentismo. No la presencia física en la oficina, sino la presencia mental permanente en el trabajo, incluso cuando ya hemos salido de él. La persona que come pensando en lo que tiene pendiente. La que se va de vacaciones pero responde mensajes «solo por si acaso». El presentismo ya no necesita mesa de oficina. Vive en el bolsillo, a cualquier hora, en forma de smartphone.

Lo más perturbador es que nadie nos obliga. Nos autoexplotamos con una eficiencia notable. Hemos interiorizado tan a fondo la lógica de la productividad que ya no necesitamos presión externa: nos la fabricamos nosotras y nosotros mismos. Nos sentimos culpables por descansar, competimos en silencio por ver quién llega antes y quién aguanta más, y confundimos el agotamiento con el mérito.

Las organizaciones que premian la presencia sobre los resultados aceleran este ciclo. Pero seamos honestos/as: a veces actuamos como nuestros/as jefes y jefas más exigentes.

Cinco palancas para salir del bucle

Salir de este patrón no exige tirarlo todo por la borda. Exige hacer algunas cosas de forma diferente y, más importante, dejar de hacer otras.

1. Define qué es «suficiente» para hoy. Tres resultados concretos que, si los alcanzas, te permitan dar el día por cerrado. Lo que no entre, entra mañana. El mundo seguirá girando.

2. Identifica qué tareas te drenan de verdad. No todo el trabajo cansa igual. Hay actividades que alimentan y actividades que vacían. Saber distinguirlas es el primer paso para no llegar al viernes sintiéndote como un teléfono al 3% de batería.

3. Recupera espacio para ti. Un hobby, una caminata sin podcast, una cena sin agenda. El cerebro necesita tiempo sin objetivo. No es malgastar el tiempo: es lo que hace posible tener ideas, criterio y energía el resto de la semana.

4. Diseña un ritual de cierre para tu jornada. Una hora concreta y una acción que señale el fin: cerrar el portátil, cambiarte de ropa si trabajas en casa, salir a dar una vuelta. Sin señales claras, el cerebro sigue en “modo trabajo” aunque el cuerpo esté en el sofá.

5. Establece límites digitales que realmente puedas mantener. No hace falta una cabaña sin cobertura. Bastan decisiones pequeñas y sostenibles:

• Sin notificaciones de trabajo fuera del horario laboral
• Sin revisar el email en la primera hora de la mañana
• Sin móvil en la mesa durante las comidas
• Sin Slack o Teams después de la hora que tú misma o tú mismo decides y comunicas a tu equipo

La tecnología no es el problema. El problema es haberle dado acceso a todos los rincones de nuestra vida sin ponerle ningún límite.

La productividad es una herramienta. Como cualquier herramienta, su utilidad depende de quién la usa y con qué fin. No se trata de trabajar menos. Se trata de trabajar sabiendo por qué, para qué, y qué ocurre cuando paramos. Si esa última pregunta te genera ansiedad, ya tienes la respuesta que buscabas.

El trabajo forma parte de la vida. No al revés. Y en el mundo en que vivimos, recordarlo ya es casi un acto de rebeldía.

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