16/06/2026

No es crecer, es creer que puedes con todo
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AGONEY MELIÁN. CEO DE VALTIA FORMACIÓN

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Hay una frase muy peligrosa que repetimos muchísimo las personas que vivimos aceleradas: “Ya lo resolveremos”. Y durante años pensé que aquello era una virtud. Pensé que la capacidad de improvisar, de sostener mil cosas a la vez, de apagar incendios mientras abrías puertas nuevas, era una demostración de fortaleza. De liderazgo. Incluso, a veces, de generosidad.

Pero este último año me ha enseñado algo bastante más incómodo: no todo lo que somos capaces de empezar somos capaces de sostenerlo sin romper algo por el camino.

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Y lo peor no es romperte tú. Lo peor es romper la confianza de los demás sin darte cuenta.

Hace tiempo que vivo con una sensación extraña, una especie de tristeza silenciosa que no tiene tanto que ver con el exceso de trabajo, sino con las consecuencias emocionales que ese exceso deja en las personas que te rodean. Porque cuando uno trabaja mucho, muchísimo, y además intenta construir proyectos colectivos, llega un momento en el que empiezan a intervenir otras velocidades, otras prioridades, otras formas de entender la responsabilidad. Y ahí aparece el verdadero problema.

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No me refiero a la maldad. Ojalá fuese tan sencillo. La mayoría de las veces no hay mala intención. Lo que hay es desorden. Personas que no entienden la urgencia de algo, que no sienten el peso de una entrega, que no perciben el impacto que tiene no responder un mensaje, retrasar un documento o dejar una conversación a medias mientras el otro lado espera. Y, de repente, aquello que tú prometiste con toda la honestidad del mundo empieza a deteriorarse porque ya no depende únicamente de ti.

Y entonces ocurre algo durísimo: acabas pidiendo perdón por heridas que no generaste directamente con tus manos, pero sí con tus decisiones.

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Eso desgasta muchísimo.

Porque llega un momento en el que entiendes que aceptar un proyecto no es solamente creer en él. También es garantizar que tienes la estructura adecuada para protegerlo. Y protegerlo significa proteger el tiempo, la ilusión y la energía de las personas que confían en ti.

Hay una romantización absurda del “sí puedo con todo”. Del emprendedor que duerme poco, del líder que multiplica reuniones, del empresario que vive resolviendo problemas a velocidad de vértigo. Pero casi nadie habla del coste humano de construir mientras estás desordenado por dentro o por fuera. Casi nadie habla de la cantidad de relaciones que se deterioran cuando el crecimiento va más rápido que la capacidad real de sostenerlo.

Y lo digo con dolor, porque en estos meses he tenido que escuchar a personas cercanas decirme algo que me atravesó profundamente: que sentían que el tiempo que le habían dedicado a mis empresas había sido tiempo perdido.

No existe una frase más dura para alguien que intenta construir cosas bonitas.

Porque cuando uno ama profundamente lo que hace, también siente profundamente la decepción que genera no haber sabido cuidar bien los procesos. Aunque el error no haya nacido exactamente de ti. Aunque tú hayas cumplido. Aunque tú hayas estado. Aunque hayas corrido, empujado, resuelto y sostenido hasta donde podías. Al final, cuando el barco lleva tu nombre, las vías de agua también.

Y quizá crecer también consiste en aceptar eso sin victimismo.

Aceptar que no basta con tener buenas intenciones. Que no basta con querer ayudar a todo el mundo. Que no basta con abrir puertas constantemente. Hay momentos en los que la decisión más madura no es expandirse. Es reducir. Reordenar. Frenar un poco. Mirar alrededor y preguntarte si de verdad puedes garantizar el nivel de cuidado, atención y compromiso que merecen las personas que trabajan contigo o para ti.

Porque a veces reducir no es fracasar. A veces reducir es la única manera de volver a hacer las cosas bien.

Vivimos en una época obsesionada con crecer rápido. Más clientes, más proyectos, más reuniones, más colaboradores, más impacto, más visibilidad. Pero casi nadie habla de la importancia de construir estructuras emocionalmente sostenibles. De tener equipos que entiendan la responsabilidad igual que tú. De rodearte de personas que no necesiten que les expliques veinte veces por qué algo importa.

Y quizá una de las decisiones más inteligentes que puede tomar una persona no sea aprender a trabajar más, sino aprender a detectar con quién no puede trabajar.

Suena duro decirlo así, pero hay velocidades incompatibles. Hay maneras de entender el compromiso que no encajan entre sí. Y cuando eso sucede, el problema no es solamente operativo. Es emocional. Porque acabas viviendo con la sensación constante de estar recogiendo consecuencias ajenas mientras intentas proteger vínculos, clientes y amistades.

Yo, al menos, ya no quiero vivir así.

No quiero volver a prometer desde el entusiasmo cosas que después dependan de personas que no sienten el mismo nivel de responsabilidad. No quiero seguir confundiendo ayudar con cargar. Ni colaboración con desgaste. Ni crecimiento con desorden.

Y quizás este año, después de muchos errores, de muchos disgustos y de varias conversaciones difíciles, el aprendizaje más importante no haya sido empresarial.

Quizás el aprendizaje más importante haya sido entender que la gente no solo recuerda lo que construiste con ella. También recuerda cómo la hiciste sentir mientras lo construían contigo.

Y eso, cuando uno trabaja con personas, es probablemente lo único que de verdad importa.

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