Jueves 13 de agosto de 2026
Nueva Economía

Liderando un archipiélago

Hay una escena que se repite cada mañana en decenas de empresas canarias, con protagonistas distintos pero una estructura idéntica. Una responsable de tienda revisa desde el aeropuerto un problema de cobertura de turno que ha surgido en otra isla mientras ella viajaba hacia una tercera. Un director de operaciones hotelero aprueba, desde una sala de reuniones en Gran Canaria, un cambio de protocolo que su equipo de Lanzarote lleva días esperando. Un supervisor de transporte gestiona una incidencia en Fuerteventura sin haber pisado esa terminal en semanas. No es la historia de una persona: es la textura cotidiana del liderazgo en un territorio fragmentado, y en Canarias se vive todos los días, en el retail, la hostelería, la logística, las empresas de trabajo temporal…

Se ha escrito mucho, especialmente en los últimos años, sobre el liderazgo en equipos híbridos: esa mezcla de oficina y teletrabajo que obliga a los managers a repensar cómo comunican, cómo generan confianza y cómo evalúan sin la supervisión directa cara a cara. Pero ese marco, se queda corto cuando se aplica a un archipiélago. Aquí la distancia no es una elección organizativa —trabajar desde casa o desde la oficina— sino una condición geográfica insalvable. No hay pasillo posible entre Fuerteventura y Lanzarote un martes cualquiera. Hay, como mucho, un vuelo de veinte minutos que no siempre compensa hacer. Esa diferencia, aparentemente sutil, cambia por completo la naturaleza del problema.

La literatura sobre liderazgo remoto suele partir de un supuesto implícito: que la presencia física sigue siendo posible, solo que se ha vuelto opcional o esporádica. En el contexto interinsular canario ese supuesto no se sostiene. La presencia no es opcional: es cara, limitada y hay que planificarla con semanas de antelación. Esto tiene una consecuencia que casi nunca se nombra en los manuales de gestión: el coste de la coordinación síncrona —hablar en tiempo real, estar físicamente presente, resolver algo cara a cara— es estructuralmente más alto aquí que en casi cualquier otro contexto empresarial español.

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Esa restricción obliga a un cambio de fondo en cómo se entiende el liderazgo. La sociología y la literatura organizacional llevan décadas hablando de la diferencia entre vínculos fuertes y vínculos débiles en las redes sociales de una organización: los primeros, construidos con el trato frecuente y cercano; los segundos, más espaciados, pero que a menudo son los que permiten que la información circule entre grupos que de otro modo estarían aislados. En un archipiélago empresarial, cada isla tiende a convertirse en un nodo con fuertes vínculos internos y vínculos débiles —y frágiles— con el resto. El papel del líder deja de ser, entonces, el de estar presente en todos los nodos —tarea imposible— para convertirse en el de diseñar y sostener los puentes entre ellos. De ahí la idea, cada vez más presente en la conversación sobre el liderazgo actual, del manager como "arquitecto de flujos": alguien cuya función principal ya no es resolver cada incidencia, sino diseñar los caminos por los que la información, la confianza y la autoridad para decidir puedan circular sin depender de su cuerpo físico estando en un lugar concreto.

Esto no es una metáfora vacía. Tiene implicaciones muy concretas sobre qué tipo de competencias necesita hoy un mando intermedio, y son distintas de las que tradicionalmente se han entrenado en formación directiva, centradas casi siempre en la gestión cara a cara: dar feedback, motivar en la reunión de equipo, resolver un conflicto en el momento. Todas siguen siendo necesarias, pero no bastan cuando buena parte del liderazgo ocurre en la distancia, de forma asíncrona, mediada por un chat, una llamada o un informe que alguien lee sin que tú estés delante para matizarlo.

Cinco desplazamientos que exige este tipo de liderazgo

Del control al diseño de autonomía. El instinto natural ante la distancia es intentar compensarla con más control: más informes, más llamadas, más supervisión. Pero el control a distancia tiene rendimientos decrecientes rápidos: cuesta más esfuerzo cada unidad de seguridad que proporciona. La alternativa no es renunciar al criterio, sino invertirlo: formar a alguien en cada isla —no necesariamente con cargo formal— capaz de sostener el criterio de la organización sin necesitar autorización constante. Esto exige haber invertido tiempo previamente en calibrar ese criterio, algo que muchas organizaciones dan por hecho sin haberlo hecho nunca de forma explícita.

De la urgencia al ritmo. Cuando el único contacto regular entre un manager y un equipo distante es la gestión de incidencias, se está entrenando, sin querer, a que el equipo solo hable cuando algo va mal. Establecer una cadencia de contacto —no necesariamente frecuente, pero sí predecible— cambia la naturaleza de esa relación: convierte la comunicación en una infraestructura, no en un parche de emergencia.

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De la reunión perfecta al asincronismo bien diseñado. No toda decisión necesita coordinación en tiempo real. Buena parte del desgaste de estos equipos viene de intentar sincronizar agendas de tres islas para tratar asuntos que podrían resolverse con un documento bien estructurado y un plazo razonable de respuesta. Distinguir qué necesita de verdad presencia simultánea de lo que no, es una competencia de gestión del tiempo que rara vez se enseña de forma explícita.

De la visita rutinaria a la visita con propósito. Precisamente porque desplazarse entre islas tiene un coste real, cada visita presencial debería estar diseñada para hacer algo que solo puede hacerse presencialmente: observar lo que no aparece en un informe, reconocer un logro cara a cara, sostener una conversación difícil que merece mirada directa. Convertir la visita en rutina administrativa es desperdiciar el recurso más escaso que tiene este tipo de liderazgo.

De la confianza reactiva a la confianza construida con antelación. La confianza que se necesita en el momento de crisis no se puede improvisar en el momento de la crisis. Se construye, o no se construye, en todo lo que ocurre antes: en si las decisiones pasadas se explicaron o no, en si el equipo sintió que fue escuchado en la distancia. Cuando llega el problema urgente —y siempre llega—, lo que sostiene la respuesta no es la velocidad del mensaje, sino el capital de confianza acumulado meses atrás.

Una competencia que Canarias no puede permitirse dejar al azar

En territorios continentales, este tipo de liderazgo distribuido es una opción estratégica entre varias. En un archipiélago, es una condición estructural del propio tejido empresarial: turismo, comercio, transporte y buena parte de los servicios operan, por definición, entre islas. La rotación de personal —tan alta en algunos de estos sectores— tiene mucho que ver, aunque rara vez se diga en esos términos, con equipos que sienten que su responsable no está disponible en el sentido más profundo: no en el físico, sino en el de haber diseñado un sistema donde su ausencia no se traduce en desamparo.

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Formar deliberadamente a los mandos intermedios en esta forma de liderar —pensar en flujos, no solo en presencia; en arquitectura, no solo en control— no es un lujo de gestión avanzada. Es, para una economía tan fragmentada geográficamente como la canaria, una condición casi de supervivencia organizativa. El archipiélago obliga a repensar qué significa liderar cuando estar en todas partes, sencillamente, no es una opción.

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