Jueves 6 de agosto de 2026
Nueva Economía

Coherencia y crueldad

Agoney Melián. CEO de Valtia Formación

Hace unos días, un amigo me hizo un regalo. No venía envuelto, no llevaba lazo y, durante unos segundos, ni siquiera supe si agradecerlo o dejarlo pasar. Me habló de una conversación en la que varias personas, todas ellas jóvenes, debatían sobre mí. Sobre mi manera de vivir, de trabajar y, sobre todo, sobre una palabra que aparecía una y otra vez entre sus conclusiones: la coherencia.

Lo curioso es que ninguno de ellos pretendía hacer daño. No había odio en sus palabras ni mala intención en sus juicios. Había algo mucho más frecuente y, precisamente por eso, mucho más peligroso: la certeza de creer que conocían la historia completa cuando, en realidad, solo habían visto algunas páginas sueltas.

Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tanta información sobre los demás y, al mismo tiempo, nunca habíamos sabido tan poco de ellos. Hemos confundido el escaparate con la trastienda, la fotografía con la película y un instante compartido con toda una vida. Nos basta una publicación para imaginar cómo duerme alguien, cómo ama, cómo sufre o cuánto dinero tiene. Nos hemos acostumbrado a completar los huecos de las historias ajenas con nuestra propia imaginación, y casi siempre lo hacemos convencidos de que estamos siendo objetivos.

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Quizá esa sea una de las formas más silenciosas de la crueldad. No la crueldad que nace del deseo de hacer daño, sino la que aparece cuando olvidamos que detrás de cada persona existe un contexto que desconocemos por completo. Juzgar sin contexto es una violencia elegante. No deja heridas visibles, pero sí retrata una enorme falta de humanidad.

Aquella conversación me hizo pensar, no porque necesitara justificarme ante nadie, sino porque me obligó a hacerme una pregunta incómoda: ¿qué significa realmente ser coherente?

Vivimos obsesionados con una coherencia teatral. Parece que, si uno atraviesa un momento complicado, tiene la obligación de exhibirlo. Que la tristeza debe hacerse pública para resultar creíble y que la vulnerabilidad solo existe cuando se convierte en contenido. Como si sonreír en medio de una tormenta fuese una forma de engañar al mundo.

Y, sin embargo, yo no lo veo así.

Durante los últimos meses he vivido una de las etapas más complejas de mi vida. Una etapa que muy pocas personas conocen porque decidí protegerla. No por orgullo, ni por vergüenza, ni por miedo, sino porque siempre he pensado que las redes sociales no son un parte médico del alma. Hay batallas que pertenecen al ámbito de lo íntimo y convertirlas en espectáculo no las hace más reales.

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Lo paradójico es que, mientras por dentro todo exigía un esfuerzo enorme, por fuera las cosas empezaban a funcionar. Este verano, por primera vez en muchos años, mis empresas han tenido más trabajo que nunca en esta época. Las últimas Navidades fueron las mejores de nuestra historia. Los proyectos crecían, las formaciones se multiplicaban y el futuro comenzaba, por fin, a parecerse al futuro que llevaba años imaginando.

Pero la vida tiene esa incómoda costumbre de no ordenar los acontecimientos como nos gustaría. A veces el trabajo da sus frutos cuando todavía estás pagando el precio de decisiones, errores o circunstancias que vienen de mucho antes. Y eso también forma parte de la realidad empresarial, aunque pocas veces se cuente. Hay negocios que empiezan a despegar mientras sus propietarios siguen peleando por recuperar el equilibrio. No porque el proyecto vaya mal, sino porque la vida no entiende de balances trimestrales.

Entonces comprendí que quizá la coherencia no consiste en parecer fuerte ni en parecer débil. Consiste, simplemente, en no traicionarte.

Yo sigo creyendo exactamente en las mismas cosas en las que creía hace diez años. Sigo enamorado de Canarias y convencido de que esta tierra merece oportunidades para que el talento no tenga que marcharse. Sigo creyendo en la formación como la herramienta más poderosa para transformar empresas y personas. Sigo pensando que el éxito solo tiene sentido cuando genera oportunidades para otros. Y sigo diciendo, medio en serio y medio en broma, que algún día seré millonario. No porque el dinero sea una meta en sí misma, sino porque la verdadera riqueza es la libertad de construir proyectos sin que el miedo decida por ti.

No han cambiado mis valores.

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Lo que ha cambiado es mi manera de protegerlos.

Con los años he aprendido que poner límites no te convierte en peor persona. Que ayudar a todo el mundo puede acabar siendo una forma de abandonarte a ti mismo. Que la generosidad necesita inteligencia para no convertirse en desgaste. Y que hay momentos en los que la mayor muestra de responsabilidad consiste en concentrar todas tus fuerzas en reconstruir aquello que solo tú puedes reconstruir.

Quizá por eso me llamó tanto la atención aquella conversación. Porque me hizo pensar que muchas veces confundimos la coherencia con la escenificación del sufrimiento. Como si una persona solo pudiera ser auténtica cuando enseña sus cicatrices. Como si quien sigue sonriendo estuviera obligado a demostrar que esa sonrisa no es una mentira.

No sabemos cuánto pesa la mochila que lleva quien tenemos delante. No sabemos si esa persona acaba de perder un negocio, una relación, un familiar o una noche entera de sueño. No sabemos cuántas veces ha pensado en rendirse antes de levantarse una vez más para cumplir con su trabajo. Y, sin embargo, opinamos con una facilidad asombrosa.

Tal vez la verdadera coherencia empiece mucho antes de juzgar a los demás. Tal vez consista en aceptar que desconocemos casi todo sobre la vida de quien tenemos enfrente. Tal vez consista en recordar que la empatía no es un discurso bonito, sino el humilde ejercicio de reconocer que nunca vemos la fotografía completa.

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Hoy, lejos de sentirme molesto por aquella conversación, me siento agradecido. Porque me recordó que todavía merece la pena detenerse a pensar sobre estas cosas. Porque me obligó a revisar mis propias certezas. Y porque, sin pretenderlo, me enseñó que la crueldad más común rara vez levanta la voz: simplemente habla demasiado pronto.

Ojalá la próxima vez que veamos a alguien sonriendo no demos por hecho que su vida es perfecta. Quizá esa sonrisa no sea la prueba de que todo va bien. Quizá sea, simplemente, la decisión más valiente que ha tomado ese día.

Y, curiosamente, pocas cosas me parecen más coherentes que esa.

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