Martes 15 de septiembre de 2026
Nueva Economía

La Vidorra

Siempre comienzo mis cursos con una confesión: soy un vividor.

Lo digo con absoluta solemnidad y dejo unos segundos de silencio para observar las caras. Algunos se ríen. Otros me miran intentando decidir si es una broma, una provocación o una declaración de principios. Probablemente sea las tres cosas. Porque yo me considero un vividor y, además, aspiro a serlo cada día un poco más.

La palabra tiene mala fama. Cuando llamamos a alguien vividor, normalmente no estamos elogiándolo. Pensamos en una persona que trabaja poco, aprovecha mucho y, si puede, consigue que la cuenta la pague otro. Un personaje simpático mientras no se siente en nuestra mesa. Sin embargo, yo he decidido apropiarme de la palabra y darle otro significado. Para mí, un vividor es alguien que no está dispuesto a pasar por la vida sin vivirla.

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Y eso, aunque parezca sencillo, exige muchísimo trabajo.

Desde hace tiempo me interesa preguntar a la gente qué significa para ella vivir bien. No qué coche le gustaría tener, a qué país quiere viajar o cuánto dinero desearía ganar. La pregunta es mucho más sencilla y, precisamente por eso, bastante más difícil: ¿cómo sería una vida que realmente te gustara vivir?

No solemos pensarlo demasiado. Nos entregan el itinerario prácticamente terminado. Estudia, encuentra trabajo, consigue estabilidad, compra una casa, asciende, ahorra y espera. Espera al viernes, a las vacaciones, a que los niños crezcan, a terminar de pagar, a jubilarte, a que llegue ese momento futuro en el que, por fin, podrás comenzar a disfrutar. Así convertimos la vida en una enorme sala de espera.

Los lunes parecen el peaje necesario para llegar al fin de semana. Los meses se transforman en un pasillo hacia las vacaciones y los años en una cuenta atrás hasta la jubilación. Cumplimos, producimos, pagamos y avanzamos, pero no siempre nos detenemos a preguntar hacia dónde. Hemos aprendido a organizar perfectamente nuestras obligaciones y seguimos improvisando aquello que debería darles sentido.

Además, hemos confundido la vida buena con la vida que queda bien.

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La primera tiene que ver con nosotros. La segunda necesita espectadores. Una casa determinada, un trabajo que suene importante, un viaje suficientemente lejano, una mesa suficientemente cara o una fotografía capaz de demostrar que todo marcha estupendamente. No importa tanto cómo se vive esa vida como la impresión que produce cuando se cuenta. La vidorra no debería funcionar así. No puede existir un único modelo porque cada persona necesita cosas distintas para sentirse viva. Para alguien será dirigir una gran empresa. Para otra persona, disponer de tiempo para recoger a sus hijos del colegio. Habrá quien sueñe con recorrer el mundo y quien solo desee dejar de hacer cuentas antes de llegar a final de mes. Para un joven puede significar encontrar oportunidades sin abandonar su tierra. Para una persona mayor, conservar la autonomía, la salud y una conversación que no tenga prisa. Para un autónomo, quizá sea poder enfermar un martes sin sentir que todo se derrumba.

Ninguna de esas vidas es más pequeña que las demás.

Vivimos, además, en unas islas a las que millones de personas viajan buscando precisamente una parte de su vidorra. Vienen por nuestro clima, por el mar, por la luz, por la manera en que se alargan las sobremesas y por esa cercanía que todavía aparece cuando alguien pregunta cómo estás y espera de verdad la respuesta.

Sin embargo, quienes vivimos aquí sabemos que Canarias no es únicamente una postal. La vidorra también consiste en poder pagar una vivienda, encontrar un trabajo digno, desplazarse sin perder media vida y tener la posibilidad de construir un futuro sin marcharse por obligación. Resultaría demasiado fácil reducir el buen vivir a una hamaca frente al océano cuando hay personas trabajando frente a ese mismo océano que apenas tienen tiempo para mirarlo.

Por eso la vidorra también es una cuestión colectiva.

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Una sociedad no puede presumir de calidad de vida si obliga a buena parte de su gente a vivir permanentemente preocupada por sobrevivir. No basta con tener paisajes extraordinarios si quienes los habitan no disponen de tiempo, tranquilidad o recursos para disfrutarlos. Vivir bien también depende de los salarios, de la vivienda, de los cuidados, de la cultura, de los espacios públicos y de la posibilidad real de participar en una comunidad.

La vidorra no debería ser un privilegio reservado para quienes pueden comprarla

Tampoco puede construirse a costa de los demás. Si mi tranquilidad necesita el agotamiento permanente de otra persona, quizá no sea tranquilidad, sino comodidad mal entendida. Si mi tiempo libre depende de que alguien nunca tenga tiempo, algo falla. Si para que unos vivan estupendamente otros deben limitarse a resistir, no estamos hablando de buena vida, sino de una distribución bastante injusta de quién puede disfrutarla

Eso no significa que debamos pedir perdón por tener ambición, prosperar o querer cosas bonitas. La vidorra no está enfrentada con el éxito. El problema aparece cuando utilizamos una definición de éxito que no hemos elegido y terminamos dedicando nuestra existencia a cumplir expectativas que ni siquiera nos hacen felices.

Hay personas que disfrutan trabajando muchísimo. Otras necesitan una vida más pausada. Algunas encuentran sentido liderando, creando o arriesgando. Otras lo encuentran cuidando, enseñando, cultivando, acompañando o disponiendo de más tiempo propio. No hay una respuesta correcta. Lo importante es que la respuesta sea nuestra.

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Quizá deberíamos hablar más de esto en las empresas, en los colegios, en las familias y también en política. Preguntar qué necesita la gente para vivir bien no es una conversación blanda ni una ocurrencia filosófica. Es una pregunta sobre salud, productividad, convivencia, economía y futuro.

Una persona que siente que su vida tiene sentido trabaja, quiere y participa de otra manera. Una comunidad que puede imaginar un futuro compartido también cuida mejor de sí misma. Incluso una empresa mejora cuando entiende que las personas no dejan su vida en la puerta al comenzar la jornada.

La vidorra no consiste en eliminar el esfuerzo. Hay esfuerzos que llenan de sentido una existencia y comodidades capaces de vaciarla por completo. Tampoco consiste en estar feliz permanentemente, porque ninguna vida real funciona así. Vivir bien incluye pérdidas, cansancio, incertidumbre, obligaciones y días de mierda. La diferencia está en si todo eso forma parte de una vida que reconocemos como nuestra o de una vida que únicamente estamos soportando.

Por eso me gusta tanto la palabra. Tiene algo alegre, excesivo, canalla y profundamente humano. No habla de una existencia perfecta. Habla de una existencia aprovechada. De mirar nuestros días y descubrir que, con todos sus problemas, contienen personas, decisiones y momentos que merece la pena vivir.

¿Qué sería la vidorra para ti si no tuvieras que impresionar a nadie?

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Quizá esa sea una de las preguntas más importantes que podemos hacernos. Porque podemos alcanzar una meta detrás de otra y seguir sin saber qué queríamos construir con todas ellas. Podemos ganar reconocimiento, dinero o estabilidad y descubrir que nunca decidimos para qué los necesitábamos.

Yo seguiré comenzando mis cursos diciendo que soy un vividor. Pero ahora tendré que completar la explicación.

No soy un vividor porque quiera evitar las obligaciones. Soy un vividor porque me niego a creer que la vida tenga que convertirse únicamente en una obligación.

La vidorra no es tener una vida que los demás envidien. Es tener una vida que tú no quieras cambiar por la de nadie.

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