17/07/2026

La reconciliación
L

Agoney Melián. CEO de Valtia Formación

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Anoche volví a AJE (día que escribí este artículo). Y, contra todo pronóstico, me descubrí sonriendo.
No era una sonrisa nostálgica, ni siquiera una sonrisa de esas que uno dedica a una etapa ya cerrada. Era algo mucho más extraño. Sentado en una de las últimas filas del auditorio, mientras se sucedían las imágenes, los abrazos y las conversaciones de quienes todavía creen que merece la pena regalar tiempo a los demás, comprendí algo que quizá solo se aprende cuando uno deja de pelear por tener razón: las organizaciones, cuando son
de verdad, terminan siendo mucho más importantes que las personas que las ocupan.
Los nombres pasan, los cargos pasan y hasta las heridas, con el tiempo, terminan convirtiéndose en simples anécdotas. Lo que permanece es aquello que consigue tener vida propia.
Y confieso que aquello me produjo una paz inesperada.
Hubo un tiempo en el que llegamos a una AJE distinta. Las administraciones apenas escuchaban a un grupo de jóvenes empresarios que, para muchos, no dejaban de ser unos muchachos con demasiadas ganas y muy poca experiencia. Algunas organizaciones empresariales nos observaban con cierta distancia, como quien mira a unos chavales revoltosos que probablemente darían más problemas que soluciones. Las segundas y terceras generaciones de muchas empresas importantes de Canarias no encontraban razones para acercarse a una organización que todavía buscaba su lugar y, siendo honestos, tampoco abundaban los proyectos capaces de generar verdadero valor para los asociados ni para la propia asociación.
Y, sin embargo, llegamos con una idea casi romántica. Poner al asociado en el centro. Hacer de AJE una herramienta útil y no una simple estructura. Competir por arriba. Construir puentes con las instituciones, con las organizaciones empresariales y con una generación que necesitaba dejar de pensar en pequeño. Defender, en definitiva, una Canarias más ambiciosa.
No todo fueron aciertos. Hubo errores, desacuerdos y momentos difíciles. Pero también hubo sueños compartidos y proyectos maravillosos. Ahí están IN-pulso, Supernova,  Canarias Destino Startup, el fortalecimiento de los Premios AJE, la llegada a CEAJE y aquella obsesión, a veces quijotesca, de hacer que las ocho islas se sintieran parte de un mismo proyecto. Detrás de cada una de esas iniciativas hubo muchas personas que renunciaron a tiempo de sus empresas y de sus familias para entregárselo a una organización que consideraban más importante que ellos mismos.
Por eso sonreía anoche.
Sonreía al ver una asociación joven, moderna y profundamente influyente. Sonreía al comprobar la fortaleza de un liderazgo femenino extraordinario, algo impensable años atrás y que hoy constituye uno de los mayores orgullos de la organización. Sonreía al contemplar a representantes institucionales orgullosos de caminar junto a AJE, a presidentes de las confederaciones empresariales ocupando las primeras filas y a muchos hijos y nietos de empresarios referentes de Canarias entendiendo, por fin, que aquel también era su lugar.
Pensaba entonces en cuántas veces nos dijeron que determinadas cosas eran imposibles.
En cuántas veces parecía que el esfuerzo no servía para nada. Y comprendí que nada había quedado en barbecho.
También sonreía al escuchar ideas nuevas y reconocer en algunos discursos esa maravillosa soberbia de la juventud. Esa sensación de estar descubriendo la pólvora. Estoy bonito yo para criticar a nadie. Probablemente fui el más soberbio de todos.
También pensé que mi generación venía a cambiarlo todo. También creí que habíamos inventado una nueva forma de hacer las cosas. Y anoche, mientras escuchaba a quienes
llegan ahora con la misma pasión con la que llegamos nosotros, comprendí que la historia se repite. Y bendita repetición.
Porque cada generación necesita creer que viene a inaugurar una época nueva. Y, sin embargo, casi siempre lo que hace es recoger una antorcha que otros sostuvieron antes y prepararla para entregársela a quienes vendrán después.
Los premios fueron magníficos. No solo por la puesta en escena o por el nivel de la gala, sino porque permitieron asomarse a una Canarias extraordinaria que muchas veces permanece escondida detrás del ruido.
Una Canarias que investiga, que emprende, que crea empleo, que innova y que trabaja en silencio. Mi felicitación a todos los premiados y, especialmente, al doctor Paule, cuyo reconocimiento es también un homenaje a esa excelencia serena que tantas veces pasa
desapercibida. Personas como él recuerdan que el talento y la humanidad no tienen por qué caminar por separado.

Pero, por encima de todo, mi admiración es para quienes han ocupado responsabilidades en la organización. Presidentes, presidentas, juntas directivas y cientos de personas que dedicaron años de su vida, muchas veces incluso en contra de sus propios intereses empresariales, a una asociación tan bonita, irreverente y necesaria como AJE. Porque servir rara vez aparece en las cuentas de resultados, pero siempre acaba apareciendo en la historia.
Mientras regresaba a casa pensé que quizá hacerse mayor tenga algo que ver con
reconciliarse. Con dejar de mirar las cicatrices y empezar a agradecer las huellas. Con entender que los proyectos son mucho más importantes que las personas y que, en realidad, lo verdaderamente hermoso consiste en comprobar que aquello que ayudaste a construir sigue creciendo cuando tú ya no estás.
Y fue entonces cuando sentí una alegría tranquila. Porque quizá el mayor éxito de una generación no sea que la recuerden.
Quizá el mayor éxito consista en comprobar que ya no hace falta.
Queda muchísimo por hacer en Canarias. Pero viendo lo que vi anoche, escuchando a quienes hoy recogen el testigo y contemplando el talento que subía al escenario, regresé a casa con una certeza serena y profundamente hermosa.
Nuestra tierra ya lo está haciendo.
Y, para mi propia sorpresa, descubrí que, después de todo, seguía sintiéndome en casa.

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