El prestigio de no tener tiempo
Montserrat Hernández. Directora de Tribuna de Canarias
Hay una frase que se ha convertido en la respuesta automática de casi cualquier conversación.
—¿Qué tal?
—Uf… no paro.
Lo curioso es que ya ni siquiera suena a queja. Suena a presentación. A carta de presentación, incluso. Parece que cuanto más llena está una agenda, más importante resulta quien la lleva. Hemos terminado asociando estar ocupado con ser relevante, como si el tiempo libre fuera un síntoma de fracaso.
Hace unos días pensé en ello mientras intentaba cuadrar una comida con unos amigos. No hablamos del sitio. Ni del menú. Ni siquiera de las ganas que teníamos de vernos. La conversación consistió, básicamente, en comparar calendarios. Entre viajes, reuniones, actividades de los niños, citas médicas, entrenamientos, cumpleaños y compromisos de última hora, encontrar dos horas libres parecía una operación de ingeniería.
Y me pregunté cuándo empezamos a vivir así. Porque antes la frase “tengo tiempo” sonaba bien. Era una señal de que las cosas iban razonablemente bien. Hoy casi da vergüenza pronunciarla. Si alguien dice que ha tenido una tarde tranquila, inmediatamente siente la necesidad de justificarla. Como si hubiera que pedir perdón por no vivir permanentemente acelerado.
Lo más llamativo es que esta competición no la impone nadie. Nos hemos apuntado voluntariamente.
Presumimos de responder correos desde el aeropuerto, de atender llamadas durante las vacaciones o de cerrar asuntos importantes mientras esperamos a que salga un entrenamiento infantil. Contamos con cierto orgullo que llevamos semanas sin descansar o que apenas hemos dormido cinco horas. Lo relatamos como quien enseña una medalla.
Y, sin darnos cuenta, hemos empezado a admirar justamente eso.
Quizá por eso también hemos cambiado nuestra forma de hablar. Ya nadie dice que está trabajando mucho. Dice que va “a mil”. Nadie tiene una semana complicada. Tiene “la agenda imposible”. Nadie está cansado; está “desbordado”. Incluso el ocio necesita planificación. Para descansar hace falta reservar con meses de antelación.
Lo paradójico es que la tecnología prometía justo lo contrario. Cada nueva aplicación iba a ahorrarnos tiempo. Cada avance nos permitiría organizarnos mejor. Cada herramienta haría nuestra vida más sencilla. Sin embargo, el tiempo que supuestamente ganamos siempre termina ocupado por otra tarea.
Es como si hubiéramos decidido que cualquier hueco vacío representa una oportunidad desperdiciada.
Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá del cansancio.
Nos cuesta mantener conversaciones sin mirar el reloj. Retrasamos llamadas porque “no encontramos el momento”. Posponemos visitas familiares durante semanas mientras somos capaces de responder decenas de mensajes irrelevantes al día. Hemos aprendido a gestionar el tiempo, pero quizá hemos olvidado priorizarlo.
Lo preocupante es que esta manera de vivir empieza a contagiarse. Los más jóvenes crecen creyendo que el éxito consiste en no tener un minuto libre. Que una agenda saturada es el objetivo al que aspirar. Que descansar solo está permitido cuando ya no queda nada más por hacer. Y eso, sencillamente, nunca ocurre.
No se trata de trabajar menos. Ni de renunciar a la ambición. Tampoco de idealizar una vida pausada que probablemente nunca existió.
Se trata de preguntarnos por qué hemos convertido el “no llego” en una especie de distintivo social.
Quizá el verdadero estatus hoy no sea encadenar reuniones, responder mensajes a cualquier hora o vivir con la sensación permanente de que falta tiempo para todo.
Quizá el auténtico privilegio sea poder sentarse a tomar un café sin mirar el móvil cada treinta segundos. Comer con alguien sin tener prisa por levantarse. Llegar a casa y no sentir la obligación de seguir produciendo.
Tal vez el éxito no consista en conseguir que cada minuto del día esté ocupado.
Tal vez consista, precisamente, en poder permitirnos que alguno no lo esté.