El poder de formar parte
Hace 25 años sabía cómo se llamaban mis vecinos. No todos eran amigos, evidentemente, pero conocía sus nombres, sabía quién vivía en cada casa y tenía alguna referencia sobre sus familias o a qué se dedicaban. Existía una cierta conciencia de compartir un espacio, una calle, una plaza, una comunidad.
Hoy vivo rodeado de personas cuyos rostros reconozco porque alguna vez hemos coincidido en el ascensor, pero de las que probablemente no sabría decir ni cómo se llaman. Conozco a mi vecina Carmen Pilar, de enfrente, por una circunstancia concreta; del resto, no sé prácticamente nada.
Y, sin embargo, puedo estar en Tenerife hablando con alguien que vive en Latinoamérica, a quien nunca he visto personalmente, porque ambos pertenecemos a una misma comunidad profesional. Es una contradicción sobre la que llevo un tiempo pensando.
Porque quizá no es que hayamos dejado de relacionarnos, sino que ha cambiado profundamente la manera en la que lo hacemos. Tenemos acceso a más personas, más conversaciones y más comunidades que nunca, pero muchas veces nuestra participación en ellas se limita a mirar desde fuera.
Creo que durante los últimos años me he convertido, en cierta medida, en un gran consumidor de información: podcasts, entrevistas, vídeos, artículos, reels, publicaciones, conversaciones que pasan por delante de nosotros cada vez más rápido. Consumimos contenido mientras desayunamos, trabajamos, caminamos o esperamos cinco minutos para entrar a una reunión. Terminamos uno y automáticamente empieza otro.
Y me he dado cuenta de que muchas veces yo estaba ahí, pero como espectador. Mirando, escuchando, consumiendo, pero participando bastante menos. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para comunicarnos y, sin embargo, tengo la sensación de que nos hemos acostumbrado demasiado a recibir información sin relacionarnos realmente con ella.
Cuando reaccionamos, demasiadas veces lo hacemos desde lo negativo. El enfado, la frustración, la envidia o el miedo encuentran con facilidad su espacio en una publicación o un vídeo. Parece más fácil viralizar aquello que nos enfada que aquello que nos inspira.
No pretendo idealizar el pasado ni demonizar el presente. Tampoco creo que internet haya acabado con nuestra capacidad de relacionarnos. Más bien pienso que hemos cambiado la “geografía” de nuestras relaciones.
Antes muchas comunidades venían determinadas por la proximidad: el barrio, el colegio, el trabajo o el bar de siempre. Hoy también podemos elegirlas. Podemos pertenecer a una comunidad porque compartimos una profesión, una inquietud, una afición, un territorio o una forma de entender el mundo. La persona que tienes más cerca puede vivir a cinco mil kilómetros. Al final, seguimos necesitando lo mismo: encontrarnos.
De comunicar a conectar
En este espacio he hablado muchas veces de comunicación. De herramientas, empresas, tecnología, creatividad, marcas y algunas de las transformaciones que estamos viviendo. Pero quizá detrás de todas ellas exista una pregunta mucho más sencilla: ¿Para qué comunicamos si no es para conectar con alguien?
Mi vida profesional siempre ha girado alrededor de la comunicación, el diseño, los eventos, lo audiovisual y los proyectos. Y precisamente por eso he decidido volver a estudiar. He comenzado una nueva etapa como Canvassador, embajador de Canva España, representando en Canarias a su comunidad de emprendedores y pymes.
Estoy acostumbrado a crear: una empresa, un servicio, una campaña, un evento, un proyecto. Cuando emprendes, buena parte de tu vida consiste en construir algo y asumir la responsabilidad de que funcione. De repente me he encontrado haciendo justo lo contrario: formando parte de algo que no he creado yo.
No conozco personalmente a la mayoría de los Canvassadors de España. Sin embargo, compartimos un grupo, planteamos dudas, pedimos ayuda, compartimos recursos y tratamos de facilitarnos las cosas unos a otros. Y esa comunidad no termina en España. En las últimas semanas me he visto hablando con diferentes embajadores por Europa o conectando con miembros de la comunidad latinoamericana para compartir materiales y aprovechar trabajos que otros ya habían realizado.
Miles de kilómetros de distancia y, sin embargo, una conversación completamente natural y cercana. Quizá ahora estoy redescubriendo el valor de formar parte de las cosas.
De audiencia a comunidad
Y precisamente en ese momento me he cruzado de una manera mucho más activa con Volcánica Canary Community.
Conocía su podcast y había consumido algunos de sus contenidos. Pero hasta hace unos días mi relación con Volcánica era esa: la de alguien que estaba al otro lado. Era audiencia.
Volcánica es un proyecto impulsado por Leandro Pozzi y Hugo Artiles. Leandro procede del ámbito de la consultoría tecnológica y Hugo del financiero y el capital riesgo, y ambos son cofundadores de una startup de inteligencia artificial en Alemania. Desde esas experiencias han construido una propuesta que busca conectar el talento y los proyectos de Canarias con una mirada que va de lo local a lo global.
El podcast ha sido uno de sus grandes vehículos. Conversaciones con personas vinculadas al emprendimiento, la cultura, la creación o diferentes ámbitos profesionales. Pero lo interesante es que han intentado que esas conversaciones no terminen cuando se apagan los micrófonos. Su propia definición habla de conectar, activar y amplificar el talento y los proyectos que están construyendo Canarias.
El pasado mes de septiembre han dado un paso más, han lanzado su comunidad digital. Entré y ocurrió algo aparentemente pequeño. En menos de veinticuatro horas había participado en conversaciones, propuesto algún debate y aprovechado su agenda para compartir el Canva World Tour que estoy preparando en Tenerife para el próximo 30 de octubre.
Había dejado de limitarme a consumir lo que hacían para empezar a participar. Y quizá ahí está el quid de la cuestión: nos hemos acostumbrado demasiado a consumir y demasiado poco a construir comunidad.
Una comunidad digital no es una página web, un grupo de WhatsApp, una cuenta de Instagram, un podcast o una agenda de eventos. Todo eso son herramientas. La comunidad aparece cuando alguien pregunta y otra persona responde; cuando alguien recomienda a un profesional sin esperar nada a cambio; cuando una persona comparte una oportunidad; cuando dos desconocidos descubren que deberían conocerse.
Las comunidades necesitan tiempo
Una comunidad necesita hábito, generosidad y personas dispuestas a permanecer el tiempo suficiente para conocerse y aportar antes de exigir resultados.
Volcánica permite incorporarse gratuitamente a su plataforma y también plantea una modalidad para quienes quieren implicarse más. Ellos lo explican de una manera muy canaria: por menos de lo que cuesta un leche y leche al mes.
Pero yo subiría la apuesta. Si pueden y el proyecto les interesa, no piensen únicamente en probarlo durante un mes. Cojan el año, como hice yo.
No nos resulta extraño pagar cada mes varias plataformas de entretenimiento que muchas veces ni siquiera aprovechamos. Apostar un año por una comunidad como esta también es una manera de apoyar un proyecto con talento e identidad canaria y, sobre todo, de darle tiempo para que las relaciones ocurran.
Formar parte
No sé si dentro de un año seguiré pensando exactamente igual. Espero que no. Espero haber aprendido cosas nuevas, conocido a más personas y tener argumentos suficientes para revisar algunas de las ideas que hoy tengo.
Pero sí tengo claro algo: no quiero limitarme a observar. Quiero participar más. Quiero volver a esa sensación de comunidad que quizá en algunos ámbitos hemos ido perdiendo, aunque ahora sus integrantes no vivan necesariamente en la puerta de al lado. Las formas han cambiado. La necesidad, probablemente, no tanto. Podemos tener miles de seguidores, decenas de grupos y una conexión permanente a internet. Pero estar conectados no significa necesariamente formar parte.
Y quizá eso sea precisamente lo que toca recuperar.