Viernes 16 de octubre de 2026
Nueva Economía

Canibalismo político

El otro día, alguien fue a solicitar a una administración pública un patrocinio para un evento en el que estábamos trabajando. Según me trasladaron, al conocer mi vinculación con la iniciativa, la respuesta fue un «por supuesto que no». Me quedé pensando en lo que significa que el nombre de una persona pueda pesar más que el valor de una propuesta. En qué momento confundimos una institución con nuestra casa y el dinero público con una cartera desde la que premiar simpatías.

Un patrocinio público debe responder a criterios, procedimientos y una utilidad que pueda justificarse. Nadie tiene derecho a recibirlo por ser quien es. Precisamente por eso, tampoco debería quedar descartado por caerle mejor o peor a quien ocupa un despacho. Si una propuesta no merece apoyo, se explica. Pero cuando el argumento es quién está detrás, la conversación deja de tratar sobre el interés público.

Vaya por delante algo que considero fundamental: cuando trabajo como empresario y como profesional, no trabajo para un partido. Trabajo para que las cosas que hacemos puedan tener un impacto positivo en la vida de las personas. Tengo mis ideas, mis afinidades y personas a las que valoro más que a otras, como cualquiera. Eso no convierte cada proyecto que presento en una declaración de militancia. Ni debería obligarme a pedir permiso para pensar por mi cuenta.

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Me niego a aceptar que para aportar a Canarias haya que acertar primero con la simpatía del despacho. Que una conversación, una fotografía o una relación personal sirvan para colocarte una etiqueta y decidir cuánto vale lo que haces. Un cargo público tiene la responsabilidad de atender también a quien jamás lo votaría. Ahí se demuestra la talla política, cuando toca ser justo con alguien que no pertenece al círculo de los aplausos.

Ojalá los políticos y las políticas de Canarias dedicaran toda su capacidad a ayudar a la gente de aquí, independientemente de sus simpatías. Que escucharan las propuestas por lo que pueden aportar y que entendieran que una institución debe ser más grande que las preferencias de quien la dirige. Luchar por nuestra tierra y mejorar la vida de quienes la habitan debería ser el propósito compartido de todas las personas que ocupan un cargo público.

Pero esa manera de clasificar a las personas tiene una expresión todavía más feroz dentro de los propios partidos. Cuando se acercan las listas, el compañero puede convertirse en el obstáculo. El abrazo empieza a tener cálculo, la lealtad encuentra fecha de caducidad y algunos descubren defectos intolerables en quien ayer consideraban imprescindible. Qué extraordinaria capacidad para detectar problemas justo cuando aparece una vacante.

A eso llamo canibalismo político. A estar más pendiente de eliminar a quien tienes al lado que de demostrar lo que eres capaz de hacer. A confundir la ambición con el derecho a pasar por encima de alguien. A dedicar una energía descomunal a subir un puesto mientras fuera hay personas que necesitan que su vida avance bastante más que una casilla.

Y me preocupa especialmente la facilidad con la que esa pelea puede desbordarse hasta jugar con la reputación, la tranquilidad y la vida de otros. Acudir a la justicia ante indicios de una irregularidad es legítimo y necesario. Utilizar una acusación como arma para apartar a un rival merece un juicio político y ético muy distinto. Quien tenga pruebas, que las aporte. Lo que no deberíamos normalizar es que sembrar sospechas sustituya a defender ideas. Una persona tiene familia, trabajo y una vida que continúa cuando los demás han terminado de repartirse los puestos.

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Yo espero una batalla de ideas. Quiero ver quién propone mejor, quién escucha más y quién es capaz de reconocer una buena iniciativa aunque no lleve su firma. Me interesa la ambición de quien quiere hacer algo importante por Canarias. La de quien necesita destruir al compañero para parecer más alto me inspira bastante menos confianza.

He pasado por el asociacionismo juvenil y por la empresa, intentando sembrar donde he podido. Y sigo convencido de que necesitamos recuperar terreno económico, fortalecer nuestro empresariado y abrir oportunidades a quienes vienen detrás. Escuchar a quienes han construido proyectos, como he podido hacer en El Club de la Lucha, me reafirma en algo: aquí hay capacidad para mucho más. Hace falta ayudar a que esa capacidad crezca y encuentre continuidad.

También hace falta mirar hacia los barrios. Si queremos impulsar una gran transformación tecnológica, dejar fuera al pibe que todavía no conoce a nadie en ese mundo sería una torpeza enorme. Quiero una formación reglada fuerte, equipos, orientación y oportunidades que lleguen hasta él. Que el talento pueda aparecer donde vive la gente, aunque nunca haya pisado un congreso ni tenga un contacto que le abra la puerta.

Esa es la Canarias que me interesa: valiente, preparada y capaz de mirar al mundo de frente. Una tierra que se atreva a embarcarse en proyectos grandes porque cree en lo que puede aportar. Para eso necesitamos personas dispuestas a compartir conocimiento, asumir responsabilidades y sumar capacidades. Bastante exigente es el viaje como para gastar nuestras fuerzas arrojando compañeros por la borda.

En este momento, cuando la política se ha puesto tan cara, lo mínimo que podemos exigir es que esté a la altura de la vida de la gente. Que el precio de una disputa interna no lo pague quien espera una oportunidad. Que una afinidad personal no abra ni cierre la puerta de una institución. Que podamos seguir trabajando por y para las personas sin tener que preguntar antes de qué lado se sientan.

Los cargos pasarán. Las listas acabarán en una hemeroteca. Y lo que quedará será lo que cada cual hizo con el poder que tuvo en las manos. Ojalá puedan señalar vidas que ayudaron a mejorar. Porque sería una miseria llegar al final de una carrera política y que la única lista larga que uno pudiera enseñar fuera la de las personas a las que se cargó para llegar.

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